Historias Cruzadas
Autor8
H. Santana (Dirección Distinta Mirada)8
8Nota Final
Puntuación de los lectores: (1 Voto)
8.5
TÍTULO ORIGINAL: The HelpOTROS TÍTULOS: Criadas y señoras

Hay películas por las que uno se siente bien tratado. Historias Cruzadas es una de ellas. El buen trato en el cine no es, como pudiera pensarse, un consentimiento melifluo o un engaño empalagoso; el buen trato es que a uno lo conduzcan a través de una historia, un tanto con la suavidad de una caricia y otro tanto con el vértigo de un empujón arriesgado. Cuando una película mal trata de ella se sale o fatigado o decepcionado o hastiado o, simple y llanamente, como si a ella no hubiéramos entrado. Aquella que a uno bien lo trata lo puede aterrar, sobrecoger, embargar o enternecer pero siempre haciéndolo con una destreza inexpresable  que se siente frente a la pantalla. Si para asustarnos la película de terror abusa de los niños maléficos o de los consabidos y repentinos cierres de las puertas, lejos del miedo la sensación que a uno le queda, así se brinque de la silla, es la un cierto oportunismo cuando no la de un incómodo facilismo. Otro tanto sucede si para conmoverlo a uno la película se sirve de historias forzadas que siempre conducen a ese momento de éxtasis en el que se supera el marcador adverso, se pronuncia el discurso inesperado o se impide, en el último momento, la partida del amado. En ambos casos el mal trato no es una cuestión ni de agresiones, ni de ofensas; no es, este mal trato, un maltrato sino un trato errático e inadecuado que en lugar de crear con el espectador un enlace auténtico, lo usa y explota como un consumidor vacío del que sabe templar sus cuerdas emotivas más superficiales y primarias.
Historias Cruzadas es un ejemplo perfecto del buen trato cinematográfico. La historia sucede en el Missisipi de los sesentas. Por generaciones las mujeres negras trabajan en las casas de las pudientes familias blancas. Aquellas, además de lavar, cocinar y demás oficios domésticos, crían a los hijos de estas. Aunque sofisticado y camuflado tras una filantropía de misa dominguera y té de beneficencia, el trato servil y discriminatorio es evidente. Los negros deben entrar por una puerta distinta,  sentarse en unos determinados lugares del bus y, por supuesto, jamás usar el mismo baño que usan sus patronos. Finalizados sus estudios, Skeeter (Emma Stone) vuelve a su casa paterna con la firme decisión de convertirse en escritora. Al regresar su visión de la vida y del entorno social y familiar en el que creció cambia radicalmente. No entiende la banalidad de sus compañeros de generación y la intriga ese mundo tan próximo y a la vez tan distante de las mujeres negras que la criaron y que allí siguen, con un estoicismo desbordante, dándole sabor a las comidas, brillo a los cubiertos de plata y caudales de amor a esos enanos de ojos claros.  Skeeter se mete en el proyecto de hacer un libro con las vivencias y con los testimonios de unas mujeres tan rebosantes de amor y sacrificio, como de audacia y rebeldía.  Aibileen Clark  (Viola Davis) y Minny Jackson (Octavia Spencer) serán sus grandes colaboradoras en este proyecto que desestabilizará la fingida tranquilidad de una comunidad que en el año 63 veía por televisión  el asesinato blanquinegro del presidente Kennedy  y el emotivo “I have a dream”  de Martin Luther King.
El tema de Historias Cruzadas se prestaba para hacer con él un novelón de lágrima fácil y emoción epidérmica. La reivindicación de los derechos de los negros, el coraje algo magnificado de unas trabajadoras abnegadas y el incomparable glamour de los sesentas eran los ingredientes perfectos para hacer una obrilla de temporada con taquilla asegurada. Pero no, no fue así. Historias Cruzadas es sí una historia de reivindicación y valentía pero una historia contada con un tempo que combina la emoción, la hipocresía, el humor, la autenticidad y, por supuesto, el coraje. Decir que el valor de Historias Cruzadas está en haber alcanzado satisfactoriamente el cometido de emoción que se propuso, es una inaceptable reducción de su valor cinematográfico. Nadie discute que la película emocione; la discusión que hay que plantear es si por emocionar, la película pierde valor; si la emoción es inversamente proporcional a la calidad de lo que emociona. En Historias Cruzadas la emoción es un trazo que se desprende naturalmente del relato, no su objetivo premeditado. De allí su buen trato, de allí esa incomparable sensación no de estar viendo sino de estar sintiendo un relato que como el agua se infiltra humedeciéndolo todo, sin anegarlo,  apenas refrescándolo.
No hay que temerle a la confesión de habernos emocionado. Hay que temerle más bien a no reconocer el habernos emocionado. En Historias Cruzadas Tate Taylor, su director, logra que nos despojemos de esos tapujos intelectuales o culturales que solemos tener  y que nos entreguemos al placer de una historia bien contada que desemboca sin fingimientos en situaciones cargadas de emoción y sentido.
Mucho se ha escrito y mucho seguirá escribiéndose sobre las contundentes actuaciones de la Davis y de la Spencer.  Merecidas las estatuillas que ya les han dado y merecidas también las que aún están por dárseles. Yo, de estas dos soberbias actuaciones, me quedo con la tercera, con la de la sorprendente Jessica Chastain que en mi memoria todavía seguía siendo la amorosa señora O´Brien en el Arbol de la Vida y que aquí en Historias Cruzadas logra el fantástico personaje de  Celia Foote, esa bella tonta que tras su torpeza y hermosura es toda autenticidad y ternura. Viéndola pasar en su descapotable azul con el pelo al viento, quisiera  estar a su lado para entender con ella que cierta superficialidad puede ser a veces el asomo de una enorme profundidad .  Es el buen  trato que nos da una película el que nos permite, sin apenas darnos cuenta,  este tipo de sensaciones.

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