Hacia la luz
Andrés Quintero7
LO MEJOR
  • Su tema
  • Su sensibilidad
LO MALO
  • El desaprovechamiento de su tema
  • Su sensibilidad
7Interesante

TÍTULO ORIGINAL: Hikari (Radiance)

AÑO: 2017

DURACIÓN: 1h 41 min

GÉNERO: Drama, Romance

PAÍS: Japón

DIRECTOR:  Naomi Kawase

ESTRELLAS: Masatoshi Nagase, Ayame Misaki, Tatsuya Fuji, Kazuko Shirakawa, Mantarô Koichi

En una de las siete magistrales conferencias que dictó en Buenos Aires en el año 1977, la intitulada La ceguera, Jorge Luis Borges explica que el ciego no tiene ante sí, como muchos creen, un enorme y permanente telón negro. Ojalá así fuera, se dolía Borges. Lo que discurre ante los ojos ciegos es un amontonamiento de manchas de color incierto que se van sobreponiendo las unas sobre las otras. La ceguera no es la paz de la negrura apacible, es la angustia provocada por unas sombras que deambulan en una indescriptible y perpetua neblina.

Me vino a la cabeza la reflexión del maestro al salir de Hacia la luz, la película de la directora japonesa Naomi Kawase, por estos días en nuestra cartelera . Misako (Ayame Misaki)  tiene  un bello y poético oficio:  a auditorios de ciegos les va describiendo, narrando, lo que sucede en la pantalla. Sus palabras se convierten en las imágenes que los presentes no pueden ver. En el empeño de transmitir emociones, Misako  se va dando cuenta que no hay palabras precisas,  que hay tan solo intentos, tan valiosos como fallidos, de reducir a esa convención que llamamos lenguaje todo cuanto nos rodea. En esta noble tarea Misako conoce a Masaya (Masatoshi Nagase) un fotógrafo al que se lo está tragando el torbellino de la ceguera. Un encuentro complejo y sensible del que se sirve Kawase para aproximarse al empeño humano de ver más allá de lo que los ojos son capaces de captar.

Digo aproximarse porque Hacia la luz es una película, no buena, pero sí bondadosa; no fina, pero sí delicada.  La correcta y muy difícil dosificación de la sensibilidad es la que permite que de lo frágil no se pase a lo quebradizo y  que lo leve no se deslice hacia lo ligero. En este caso Kawase privilegia la faceta sensitiva al punto de ponerla al servicio de la historia y no, como debiera ser, al revés: que sea la historia la que se sirva y nutra de un buen manejo sensitivo. Eso explica que al final el espectador quede con el buen gusto que dejan ciertos diálogos y ciertas imágenes pero, a la vez,  con el vacío  de una historia que nunca terminó de cuajar.

Lo he dicho un puñado de veces y lo repito una vez más.   Un buen tema no asegura una buena película. En el caso de Hacia la luz la idea de la que se sirve Kawase, la de la verdadera y honda mirada, la de una luz que supera la palabra que la expresa y va más allá del fulgor con el visualmente se la confunde, es potente y muy evocadora. Sin embargo en la película no alcanza un buen desarrollo narrativo, no construye trama y se queda a la vera del camino con elementos sugestivos pero a los que les queda faltando enjundia y potencia.

Hay algo de preciosismo hueco en la película de Kawase y eso lo que le impide definir su   propósito y personalidad. El espectador siente que está ante un producto estéticamente bien confeccionado, correcto y decoroso pero sin fuerza. A sus personajes , algo desvalidos, les falta definición y arrojo,  lo que los  condena al pronto olvido. A los buenos insumos de Hacia la luz les faltó una historia que los potenciara, que les metiera vibrato y vida. Ni la cadencia asiática  – tan ceremoniosa , sosegada y tersa – escapa de la regla: para enlazar al auditorio se necesita ritmo y pulso, vértigo e intriga en su justa medida. Nada de eso riñe ni con la profundidad , ni con la belleza, ni con la trascendencia. Al contrario, a  todas las puede vivificar y exaltar.

Nada de lo anterior impide que a la salida de Hacia la luz uno se pregunte con qué ojos está viendo la vida y que, al prenderse las luces, quede la reflexión, pasajera tal vez, de si el ver, como solemos ver, no tiene su tanto de ceguera.

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