Hace Mucho Que Te Quiero
Autor9
H. Santana (Dirección Distinta Mirada)8
8.5Notable
Puntuación de los lectores: (1 Voto)
9.6

TÍTULO ORIGINAL: Il y a longtemps que je t’aime

OTROS TÍTULOS: I’ve Loved You So Long

Debiera escribir sin antes leer; debiera escribir equipado solo con el ver. Al decir esto me auto censuro por pasearme primero por las criticas de la película que quiero comentar y solo después de hacerlo arriesgarme con mis propias letras. Eso fue lo que hice – y confieso que lo he hecho muchas veces –  antes de escribir algunas líneas sobre la primera película del novelista francés Philippe Claudel, Il y a longtemps que je t´aime o, como fiel e inusualmente se la tradujo entre nosotros, Hace mucho que te quiero. Entre las notas que leí las hay elogiosas, muy elogiosas y otras, eso siempre pasa, que la consideran apenas pasable. Muchos le condenan su desenlace por melodramático y previsible y, sin excepción, todos elogian el trabajo actoral de Kristin Scout Thomas.

Leer a los otros puede hacer menos nuestra la opinión que emitamos; leer a los otros puede ser una encubierta manera de apropiarnos de lo que no es nuestro, así al hurto se lo camufle con el  barato ropaje de las palabras nuestras. Pero leer a los otros puede ser también la mejor manera de afianzar lo nuestro, de expresar, por antagonismo o adhesión, nuestra mejor opinión sobre lo que vimos en la pantalla. No lo sé y ha de importar poco no saberlo. Lo cierto es que háyase o no leído algo sobre una película antes de escribir sobre ella, tendrá valor lo que escribamos si en ello vertimos e invertimos, de la mejor forma posible, nuestras sensaciones. Esas sensaciones que siempre irán tamizadas por una mente que diseca la emoción primaria del ver para convertirla en otra cosa. Escribir sobre una  película siempre es, para mí, un homenaje al cine y un guiño de ojo al vacío para compartir con alguien ese placer extremo que es – y espero siga siendo por siempre – el ver una película.

En Hace mucho que te quiero Juliette (Kristin Scout Thomas) es una mujer que después de pagar una pena de prisión de quince años vuelve a la libertad. La acoge en casa su hermana Léa (Elsa Zylberstein) a quienes sus padres le impusieron el ingrato deber de olvidar, por no decir repudiar, a su hermana. El regreso, obvio, no es fácil. A Luc, el marido de Léa, no le resulta emocionante y grato que sus dos pequeñas hijas adoptadas tengan cerca, casi como una suerte de nana, a una mujer que estuvo tantos años tras las rejas por el estremecedor delito de haber matado a su propio hijo. Así se plantea este drama que no está jalonado ni un instante, ni una fracción de segundo,  por la tensión de un desenlace, por el desfogue de una verdad revelada. La cinta avanza no con otra pretensión, vasta por demás,  que la de ir desnudando recovecos del alma. Cobardías, culpabilidades, discriminaciones y, también, ternuras, tolerancias y amistades francas van bordando una historia cuya linealidad nos pasa desapercibida. A la mejor manera del cine francés a Hace tiempos que te quiero la arman escenas intensas o fogonazos brillantes. Sus personajes nos van seduciendo casi sin quererlo. Así lo hace, por ejemplo,  el oficial de policía ante el cual debe presentarse Juliette periódicamente. El hombre, fascinado por el charme (la palabra francesa aquí es perfecta)  de la ex convicta, le confiesa sus miedos y también sus sueños o, mejor su sueño, ir al Orinoco para conocer por fin ese intrigante y caudaloso río cuyo nacimiento, cree él, aún nadie ha podido precisar. Y seduce también Léa, tan frágil y fuerte a la vez, una mezcla equilibrada de hermanita menor y mujer recia que antepuso a las conveniencias formales el amor adulto de hermana única.

La película no se explaya en sus escenas: tan pronto las plantea, tan pronto las deja. Es una manera de no dar todo para provocar. Estamos ante el método  de escribir el comienzo de la linea y dejarnos la escritura libre de su desenlace. Sobresalen las escenas de la piscina y sobresalen no porque en ellas pase algo especial sino, precisamente,  por que nada pasa en ellas. Pasan los cuerpos, sin fingidas esbelteces y pasan , más que los cuerpos, los diálogos de las hermanas.

Mención aparte merece la actuación de Kristin Scout Thomas. La inglesa logra su personaje con un tono sostenido y a la vez contenido de impecable concepción. Su frialdad, su distancia, su intocable hermosura hacen de Juliette una mujer que encanta pero genera distancia. Su presencia es, en todas partes, algo sonámbula. Es como si ella, la que alguna vez fue y a la que nadie de los que ahora la rodean conoció,  se hubiera quedado en prisión. Y sin embargo el personaje va emergiendo, va despertando y nos fascina, como ser humano, como hermana, como mujer.

Escriben algunos que el final pudo ser otro; que no había necesidad de reivindicar el pasado de la hermana  escondida; que Juliette habría conservado mejor su aura enigmática y que la película misma habría pasado la prueba de la previsibilidad si se la hubiese terminado de otra forma. Yo, la verdad, salí contento con el final. Aún conservo, intacto, el deseo, tan infantil y primario, del final feliz. Y  ha sido este deseo el que por la vía del contrapunteo me ha permitido saborear los finales aciagos, los finales demoledores y, también, los finales sin final. En Hace mucho tiempo que te quiero el final, que no sé bien si llamar feliz,  de seguro cayó en las redes de lo previsible y lo melodramático. Yo también caí en ellas y fue precisamente eso lo que hizo – y estuvo bien que así fuera –  que me parara de la silla con el corazón acongojado.

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