Gran Torino
Autor9
H. Santana (Dirección Distinta Mirada)6
7.5Nota Final
Puntuación de los lectores: (2 Votes)
6.5

En el cine, como en la literatura, como en la música, como en la pintura, como en el arte todo, las recomendaciones tienen su especial efecto. Fui a ver Gran Torino porque Pablo, mi único sobrino, me dijo que no me la perdiera, que a él la había parecido fascinante (seguro empleó otra palabra que no recuerdo; lo de “fascinante” es mío). Me senté pues frente a la pantalla predispuesto al indefinible deleite porque tenemos, Pablo y yo, una enorme coincidencia en gustos cinematográficos.

No sé – y no llegaré por supuesto a saberlo nunca – cuál habría sido mi reacción durante y después de la película de no ser por la buena marca que me llevó a verla. Creo que de alguna manera fui buscando, a medida que la veía, los pasajes, los diálogos, los instantes que hicieron de ella, para Pablo, una buena película. Y a decir verdad los encontré. Seguro algunos coinciden con los que lo estremecieron a él (Pablo jamás diría que algo o alguien lo “estremece”; soy nuevamente yo quien esto escribe) y otros no. Se ha dicho ya tantas veces y con tanta razón que dos personas no ven nunca, siendo una misma, la misma película.

De Gran Torino salí con ese suave sabor (las eses seguramente expresan una suerte de sosiego) que nos dejan las buenas películas, no las perturbadoras, no las majestuosas, no las delirantes, sino, simple y llanamente, las buenas películas.  Walt Kowalski (Clint Eastwood) es un veterano de la guerra de Corea que se ha quedado solo. Su mujer ha muerto y en su barrio lo rodean, cercándolo,  inmigrantes asiáticos que a su juicio nunca debieron salir de sus casas de origen. Sólo le queda la compañía de su perro, la cerveza en lata, uno que otro cigarrillo, cortar meticulosamente el césped y su negrísimo Gran Torino parqueado en el garaje.

Un incidente lo obliga a salir de su huraño hermetismo: una pandilla, también de asiáticos,  acosa a su joven vecino, un muchacho tímido y retraído que parece un bueno para nada. Walt sale a su defensa encubierto, cree él, con el argumento de estar protegiendo el sacro recinto de su jardín impecablemente podado. Sale a defender al muchacho y de paso a toda su familia china porque lo ofende, no la diversidad de lenguas, bellezas o razas, sino la injusticia, el atropello ciego de la fuerza, el aprovechamiento del débil, la virilidad como argumento de imposición.  Y es a partir de ese gesto disfrazado de desgano que empieza a tejerse una simple historia de acercamiento, agradecimiento y respeto. El vecino hostil está en casa comiendo y bebiendo lo que hasta ahora, por ser del otro, del diferente, despreciaba. Aprenderá, tarde que temprano, que no siempre es descortés no mirar a los ojos de quien te habla; que no hacerlo puede ser, bien por el contrario, una prueba de enorme respeto. Entenderá que la hermandad es posible así mis ojos no sean rayados como los del otro.

La pelea con la pandilla queda cazada y tendrá un desenlace… iba a decir – escribir –  inesperado por oposición a lo que se espera pero no esperándose nada, nada puede ser inesperado. Mejor decir – escribir –  que es el desenlace de la película  el que ratifica que Gran Torino no es ni una historia más ni es, tampoco, la reaparación gratuita, algo ególatra y desgastada de un Eastwood que lo dejó todo en su inolvidable Mystic River. Gran Torino es un homenaje discreto a la convivencia, a la aceptación e, incluso, al sacrificio por el otro. Pero lo es sin aspavientos y grandilocuencias. Lo es a la manera del barrio, con herramientas prestadas, con cerveza tibia, con el Gran Torino perdiéndose por la avenida en homenaje a lo que fue y aún, porque no, puede seguir siendo.

Tendré que darle las gracias a Pablo y decirle que Gran Torino fue la película que vi en alguna medida por la película que él vio. Ahora que a trozos la recuerdo, ya varios días después de haberla visto, siento, no que sea mejor o peor de lo que en su momento pensé luego de verla, pero sí que la quiero más. En el fondo es por eso que escribo sobre las películas que veo; porque volviendo letras las impresiones que me dejan, me reencuentro con ellas y es entonces cuando hallo una distinta y  mejor forma de quererlas.

Sobre El Autor

Andrés Quintero M.
Dirección Distinta Mirada

Dirección Distinta Mirada

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