Frozen, El Reino del Hielo
Autor8
8Nota Final
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8.5

Con Frozen Disney recupera lo que siempre ha sido suyo: el arrebato de la fantasía. Si arrebato es el furor causado por la intensidad de alguna pasión, en esta ocasión los estudios del ratón Miguelito han dado en el clavo. Frozen o El Reino del Hielo es una película poderosa y envolvente a tal punto que resulta imposible no sentirse atraído por la grandiosidad de su helada blancura.

Para quienes vivimos en países sin estaciones la nieve es, por sí sola, sinónimo de encanto y fantasía. Otro tanto nos sucede, en otro plano, con el hielo. Nuestra principal novela, Cien años de soledad, comienza con la evocación que el coronel Aureliano Buendía hace de aquel día en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Hielo y nieve, nieve y hielo, son para nosotros elementos con una innegable carga mágica.

En esta oportunidad Disney escogió una historia donde el protagonista es, por encima de sus personajes y sus devaneos sentimentales, el hielo. El comienzo es soberbio: una cámara submarina capta la forma como unos hombres con  enormes sierras atacan la superficie helada para luego sumergirlas en el agua y extraer, a través de cortes simétricos, hermosísimos bloques de hielo. Así comienza una historia donde el amor de pareja es desplazado – que no anulado – por el amor entre hermanas. Elsa la mayor lleva a cuestas el poder, a veces sentido como una maldición, de helar todo cuanto toca. En un ataque de ira ante la inmadurez de Anna su hermana menor, Elsa congela , el mismo día de su coronación, su propio reino. Con despojarse de sus guantes basta para que lo que sus manos toquen se convierta en un gélido y amorfo cristal. Desesperada huye y en una fascinante escena  levanta  en la cima de la montaña su refugio: imponente, solitario y majestuosamente helado. Anna emprenderá su búsqueda porque sabe, porque siente, que Elsa no es mala, que la embarga la pena de un poder que a veces pareciera salírsele de las manos o, mejor, por las manos.

Todo encaja a la maravilla. La historia se ajusta a la estructura tradicional: introduce el tema, plantea su nudo y, en un clímax visualmente sorprendente, lo desata. No se necesitaban ni innovaciones narrativas, ni desenlaces inesperados. La fantasía es sencilla. Lo que se necesitaba en esta oportunidad y se lo alcanzó con excelencia, fue un relato que hiciera implosión en la capacidad de asombro y fascinación de los espectadores. Me atrevo a decir que Frozen tiene los elementos para convertirse en un clásico del género, es decir que tiene con que asegurar su permanencia y destacado lugar en la animación fantástica, porque no es ni una simple entretención para niños, ni es tampoco, dirigida a públicos más adultos, su graciosa parodia. Frozen es una historia con el suficiente peso, redondez y brillo para ubicarse al lado de títulos tan emblemáticos y recordados como Pinocho, Blanca Nieves y la Bella y la Bestia. Así de grande y de bien lograda es su factura. Descalificarla o restarle méritos porque no tenga un malo reconocible y atemorizante o porque su final retome el tono simple del se amaron y fueron felices para siempre, me parece que es desconocer la esencia misma de la fantasía. En cuanto a lo primero baste decir que la maldad puede venir encapsulada en una espeluznante bruja o en un genio maligno pero puede venir también – y así a veces sucede y así sucede en Frozen – en uno de los buenos. Eso aquilata la historia y le da, sin pesadez alguna, cierta hondura sicológica a algunos de sus personajes . Y en cuanto al final es cierto que no tiene la contundencia del inicio de la historia ni su ritmo magnético, pero cumple bien como remate esperanzador con todo y moraleja.

La música es otro gran logro de la película. Incluso en su versión en español las canciones realzan las escenas que las emplean sin caer en remedos operáticos o en agudos sonsonetes de princesillas enamoradas. Se las siente cargadas de sentimiento y es por eso que alcanzan su cometido de transmisión y emoción. La versión original de la canción central, Let it go, en la voz de Idina Menzel es una prueba de ello.

Reforzada por tomas que parecieran venir de cámaras a gran altura, en Frozen  hay, de principio a fin, una deliciosa sensación de enormidad: el cielo, la noche, la nieve, las montañas, el castillo, los salones… todo transmite un tono de grandeza al que se suma, en su justa dimensión, el canto solitario de algunos de sus protagonistas.

Con Frozen Disney convalida su inconfundible sello y reafirma su capacidad de armar historias que tienen, más allá de todo refinamiento tecnológico,  ese ingrediente secreto que les permiten ser, para terminar por donde empecé,  arrebatos de fantasía.

Nota: Y si Frozen es todo un deleite más lo es el cortometraje que precede su proyección. Un soberbio, inteligente y divertidísimo homenaje al gran Mickey que entremezcla el encanto de la animación original en blanco y negro con la increíble desmesura de la tercera dimensión. Para verlo una y mil veces.

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