El valle del amor
Andrés Quintero5.5
LO MEJOR
  • Pese a todo, la contundencia de sus actores
  • Los paisajes y su sugerencia de enigmática grandeza
LO MALO
  • Una apuesta a todo que termina no ganando en nada
  • Una historia que se va desinflando por el aire que le roban las actuaciones de sus protagonistas
5.5Pasable

VALLEY OF LOVE AFICHETÍTULO ORIGINAL : Valley of love 

AÑO: 2015

DURACIÓN: 91 min

GÉNERO: Drama

PAÍS: Francia

DIRECTOR: Guillaume Nicloux

ESTRELLAS: Gérard Depardieu, Isabelle Huppert, Dan Warner, Dionne Houle

Habría que preguntarle a su director, Guillaume Nicloux, cuál quiso él que fuera el núcleo, el centro gravitacional,  de su última película, El valle del amor. Y habría que hacerlo porque ella por sí misma no lo logra. Durante la proyección uno no nunca termina de saber si le película se matricula en una corriente de creencias sobrenaturales, en un post romanticismo bizarro o, simple y llanamente,  en un cuestionamiento racional de ambos.  Gérard (Gérard Depardieu) e Isabelle (Isabelle Huppert), esposos separados, se encuentran en un paraje rocoso y árido situado en algún lugar de los Estados Unidos. La cita que los convoca es extraña. El hijo de ambos que recientemente se quitó la vida, les dejó una carta con indicaciones precisas para que concurrieran, él incluido, a esta inusual juntada. Pasados compartidos, equívocos deseos, remordimientos contenidos, fatigados escepticismos y creencias difusas son las notas de un encuentro cargado de hastío y vacío.

Con esta idea central uno hubiera pensado que El valle del amor se prestaba para haber hecho un drama  sólido alrededor de la culpa y sus fantasmas; otra posibilidad, menos esperada por la trayectoria y perfil de su director y actores, era haberla utilizado como escenario para arriesgar tesis sobre la recomposición de una relación de pareja debida a la fuerza vinculante del amor por el hijo perdido y una última, tránsfuga y delicada, echar mano de la historia para adentrarse en los laberínticos – o vacíos dice Gérard en algún momento –  dominios de la fe y la espiritualidad.

Pero no. El valle del amor no hace nada de lo anterior porque pretende hacer todo lo anterior. Y pretende hacerlo a través de unos personajes amorfos y chocantes que no generan en el espectador ningún tipo de compenetración. Isabelle, más Huppert que nunca, es una mujer  fría e indescifrable que se ha parqueado uno no sabe bien si en una madurez avejentada o en una extensión forzada de la juventud. Desde una postura ecléctica que combina pragmatismo y trascendencia, Isabelle se acerca cautelosamente a su ex marido y tormentosamente al hijo perdido.   El personaje resultante es distante y desconcertante pese a ese magnetismo típico de la Huppert que genera atracción y a la vez repulsión.  Gérard por su parte trastea su exiguo racionalismo y su  enorme corpulencia  por ese hotel de paso y por sus áridas y pedregosas vecindades, tan extraño y desadaptado como una ballena librada en medio del desierto sofocante. Círculos que a veces se intersecan pero que por no obedecer a un plan argumental bien trazado, nunca logran un dibujo claro. Sin amarres éticos o morales es claro que el mensaje de una película debe ser nítido y contundente. Eso es lo que asegura emoción, recordación y apropiación. En El valle del amor y porque el guión no se los permite, ni Isabelle ni Gérard se ponen al servicio de una historia con sentido; lo que hacen es deambular por ahí con sus destrezas actorales pero incapaces de transmitir algo que realmente atrape y convenza. El planteamiento de la historia nunca termina de concretarse y fuerza al espectador a encontrarle forma a lo que no la tiene. Para confirmarlo baste imaginar un Valle del amor sin Depardieu,  sin la Huppert y sin ese cuño francés que pareciera entregarle a lo que lo lleve una supuesta impronta de calidad y profundidad. Sin ellos la película sería, sin más, un intento fallido, una bala perdida.

el valle del amor secundaria

No estoy en contra de la arraigada costumbre de apelar a las grandes figuras de la actuación para descargar sobre sus hombros la vida de una película, el palpitar mismo que asegure su vitalidad. No es por malos que se les busca, es por lo contrario,  porque su presencia es garantía de calidad y porque el reconocimiento popular que tienen allana el camino, no siempre fácil, de la interconexión con el público. Sin embargo no son pocas las ocasiones en las que se las siente, a estas celebridades, forzadas en sus roles. Su profesionalismo les permite limar asperezas y ratificar su estatura actoral. Pero de allí a quedarse con ellos, a tender con sus caracterizaciones puentes  de comunicación y compenetración, hay una insalvable distancia. Así los sentí yo a la Huppert y a Depardieu en el Valle del amor, haciendo lo que cada uno sabe hacer a la maravilla pero desconectados, no convencidos, mirándolo todo – el amor, la naturaleza, lo trascendente – desde un escepticismo que no surge propiamente de las vicisitudes y desencantos de un drama complejo, sino de una historia que no supo explotar su propio potencial y que en lugar de sacarles provecho a dos grandes terminó sucumbiendo ante ellos. Prueba de ello pareciera el significativo hecho de haberle dejado a los personajes los nombres, como si fueran marcas de estilo, de los actores que los representaron.

Sobre El Autor

Andrés Quintero M.
Dirección Distinta Mirada

Dirección Distinta Mirada

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