El sirviente
Andrés Quintero7.5
LO MEJOR
  • Los movimientos de cámara
  • El manejo de espacios
  • Dirk Bogarde
LO MALO
  • A partir de cierto punto, su extravío
  • Una frialdad que distancia
7.5Buena

TÍTULO ORIGINAL: The servant

AÑO: 1963

DURACIÓN: 1h 55min

GÉNERO: Drama

PAÍS: Reino Unido

DIRECTOR:  Joseph Losey

ESTRELLAS: Dirk Bogarde, Sarah Miles, Wendy Craig, James Fox, Catherine Lacey

Cuando The Playlist, la publicación especializada en cine y televisión, le preguntó al coreano Bong Joon-ho por las películas que le sirvieron de referente al hacer su muy premiada Parásito, mencionó varias pero destacó dos: La criada (1960) del director, también coreano, Kim Ki Young y El sirviente (1963) obra cumbre del polémico director Joseph Losey. Confirma lo anterior lo tantas veces dicho : que ya todo está contado pero que siempre habrá, felizmente, nuevas formas de contar. MUBI ofrece por estos días la joya de Losey, director nacido en Wisconsin y quien luego de acusaciones políticas se refugió, hasta su muerte en 1984, en el Reino Unido. Como lo fue el mismo, la obra cinematográfica de Losey fue y sigue siendo extrema, desmesurada y polémica.

El sirviente es una prueba contundente del dominio de un oficio, de una inteligencia caustica, de una irreverencia despiadada y, también, de cierta arrogancia y de una no poca megalomanía. Tony (James Fox), un solitario e inseguro señorito del alto círculo social londinense, contrata los servicios como mayordomo de Barrett (Dick Bogarde). Lo quiere no solo como diseñador de su nuevo apartamento, sino como sofisticado cocinero, amo de llaves y consejero. Algo así, sin serlo pero siéndolo de alguna manera, como un esposo. Poco tiempo después de su vinculación Barrett le dice al señor que el trabajo es mucho y que una camarera, sin duda, aliviará la carga. Es así como Vera (Sara Miles) entra en escena pero no, como se esperaba, para aliviar cargas, sino para enrarecerlo todo en una triangulación cuyos vértices son el poder, la sumisión y la seducción. Quién ejerce el primero, quién es ejemplo de la segunda y quién se vale de lo suyo para la tercera, es el juego enrevesado que plantea El sirviente.

 Que estamos ante el trabajo de un ducho, no cabe la menor duda. El manejo de travelings, de zooms, de tomas largas y de diversos planos, así lo corrobora y así lo reconfirma una fotografía sin aspavientos pero contundente y precisa. En cuanto a inteligencia, la resuma toda la película en su corrosivo tono de crítica social. Presa de su instintos más bajos, la película muestra como la naturaleza humana es capaz de trastornan cualquier orden y poner al que se creía más amo al servicio del que creía su más siervo y viceversa. Pero pese a toda esta destreza y a toda esta inteligencia hay algo en El sirviente que traspasa la línea frágil de las convenciones de poder que caracterizan todas las convivencias humanas. Losey no se conforma con la denuncia de las asimetrías de las clases sociales y de la forma como estas pueden desvanecerse como efecto del desborde de alguna pasión. En algún punto de la película la historia se extravía y termina deambulando, sin ton ni son, en situaciones que bordean lo grotesco debilitando la virulencia de su mensaje original.

A medida que se la va viendo es fácil tender puentes entre El sirviente y Parásito. El más evidente, esa convivencia entre servidores y servidos que termina alterando roles, pulverizando fronteras y exacerbando, de unos y otros, lo más turbio de sus compartidas y maltrechas humanidades. Otro puente, el manejo de espacios y niveles. En El sirviente el apartamento de Tony se convierte en un juego de un arriba y un abajo cargado de significados. En la coreografía amorosa morbosa que construye Losey importa muchísimo quién contempla a quién desde los peldaños más altos de la escalera y qué sucede, y por qué sucede, en la planta baja y qué y por qué en la planta alta del apartamento. En Parásito hay una constante sensación que identifica el arriba con el confort, la aireación y la placidez y el abajo con la estrechez y el hacinamiento, Dicotomías culturales, abyectas y absurdas, que solo pueden desembocar en bombas que detonan, sin distingo, en los cuerpos de los que están, tanto arriba como abajo.

Quizás la comparación no venga a lugar. Más de cincuenta años distancian los trabajos de Losey y Joon-ho. Las ventajas tecnológicas con las que contó Joon-ho, Losey ni siquiera las soñó. Los momento culturales y los entornos sociales de uno y otro son incomparables y es, sobre tan drásticos distanciamientos, que seguramente y con la mayor prudencia debe hacerse cualquier comparación. Ello no obstante y dejando a buen resguardo el trabajo genial de Losey, es evidente que en El sirviente hay algo teatral y plano que no alcanza a mover, más allá de la apreciación estética, la aguja emotiva del espectador. Lo contrario pasa en Parásito donde la destreza de Joon-ho nos pasea y nos manosea con una mezcla de géneros que termina estallándonos en la cara y estrangulándonos el alma.

Sobre El Autor

Andrés Quintero M.
Dirección Distinta Mirada

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