El rey del Once
Andrés Quintero7
LO MEJOR
  • Lo bien que se acomoda la cámara incómoda
  • Un Burman sintonizado con lo suyo
  • Alan Sabbagh: básico y convincente
LO MALO
  • Algunos rasgos confusos en su planteamiento argumental
  • Aunque intencional y necesario, el estrépito de su inicio
7Buena

EL REY DEL ONCE AFICHEOTROS TÍTULOS: The Tenth Man

AÑO: 2016

DURACIÓN: 81 min

GÉNERO: Comedia, Drama

PAÍS: Argentina

DIRECTOR: Daniel Burman

ESTRELLAS: Alan Sabbagh, Julieta Zylberberg, Usher, Elvira Onetto, Adrián Stoppelman

 

Como toda gran ciudad Buenos Aires son muchas ciudades en una. Está la Buenos Aires de la ensoñación tanguera, del impavido  obelisco y del emblemático choripán de Palermo; está esa otra Buenos Aires anclada como ninguna otra en sus ídolos endiosados : Borges, Cortázar, Evita  y, también él, el pelusa Maradona; está la Buenos Aires decrépita y caótica que pareciera haberse detenido en los setentas con sus carros desvencijados y sus negocitos de garaje y está esa otra Buenos Aires con reminiscencias de ciudad europea que en el invierno se pone abrigo inglés para ir a la opera en el teatro Colón.

La Buenos Aires de El rey del Once la última película del director argentino Daniel Burman (El abrazo partido del 2003,  Derecho de familia del 2006, El misterio de la felicidad  del 2013) no es ninguna de las anteriores pero quizás se parezca a la tercera, a esa de los ventorillos donde  el rebusque y el regateo son las leyes que imperan. En Buenos Aires el Once es el barrio de los judíos de  clase media y media baja. A diferencia de lo que sucede en una ciudad como Bogotá en la que decir barrio de los judíos tiene una inmediata connotación de lujo y riqueza, el Once en Buenos Aires es el lugar de la tela barata, del precio que siempre tiene una rebaja más y de esa ebullición mercachifle que vive más de la emoción del trueque, con o sin dinero, que de la satisfacción misma que debieran producir los bienes trocados. Si querés conseguir eso o aquello a un buen precio andate para el Once pero tené cuidado, es la recomendación del local si uno de visitante le pregunta por un lugar para hacer rendir los pesos. Los judíos del Once se despedazan  y luego se ayudan, se insultan en la calle y luego se abrazan en la sinagoga. En una absurda balanza se diría que son y seguirán siendo siempre más porteños, con todo lo que ello implica,  que judíos.

El rey del Once es es una inmersión no en la apariencia de ese mundillo  de baratijas, retahílas  y transacciones de esquina, sino en la simple y a la vez compleja psicología de esos hombres y mujeres que tras unos códigos de solidaridad se enfrentan y ayudan en la consecución  del centavo de cada día. En esta oportunidad Burman retoma la idea de su documental 7 días en el Once y se interna en el barrio judío para retratarlo al desnudo, sin poses ni maquillajes. Para eso se arma de una cámara intrusiva que quiere ser un transeúnte más de la calle, uno más de esos judíos que entremezclan la sagacidad en el negocio con la solemnidad de su shabat.

Ariel (Alan Sabbagh) es el hijo pródigo que regresa a casa. Un día abandona el confort neoyorquino y cuando menos lo piensa aterriza en Ezeiza llevando consigo – e incumpliéndolo – el encargo de su viejo: para alguien que los necesita, unos tenis que se aten con velcro, no con cordones. Tan pronto llega, Ariel se topa con un frenesí de pacotilla y con esa tan porteña manera de entremezclar el goce y la queja ante las cosas buenas y malas de la vida. A trancas y barrancas Ariel irá entendiendo no solo los claves singulares de una comunidad  que al principio le resulta extraña pero que confusamente intuye como suya , sino que también irá captando el sentido de las consignas de vida de su propio padre a quien vino a ver y  con quien solo habla de vez en cuando por el celular para recibir recados e instrucciones que siempre desembocan, sin petulancias benefactoras, en ayudas para quien las necesita.

EL REY DEL ONCE SEC 2

La primera impresión que causa El rey del Once puede ser molesta, incluso chocante.  El ruido de las calles agrede y la cámara, desprovista de toda contemplación,  se detiene en objetivos sin mayor encanto: una fila de gente que hace reclamos, un comedor comunitario, habitaciones taciturnas y un Citroen destartalado, contemporáneo, creo yo, del que tenía  y tanto cuidaba el papá de Mafalda. De esta primera  sensación de incomodidad, debida sin duda al hábito creado que tenemos de la imagen retocada y  dulcificada que suele ofrecernos la pantalla,  se va pasando a otra percepción de  compenetración  y comprensión. Uno va entendiendo, hasta donde es posible hacerlo,  como funciona este gueto y cuales son sus protocolos de subsistencia, solidaridad y bienestar.

El objetivo bien logrado de Burman fue poner el ojo en la especifica realidad de ese microuniverso humano y que la cámara, las actuaciones y los escenarios no tergiversaran la fidelidad del retrato sino que mas bien se amoldaran a las características de  una comunidad que atesora  lo poco y lo mucho, lo valioso y lo ordinario,  siempre bajo un cierto hermetismo de secta perseguida. Es sencillamente fascinante la forma como se nos muestra a un  Ariel que asiste al lento derrumbe de las barreras que creía lo separaban de su clan.  Cuando menos lo esperaba y sin apenas darse cuenta asiste como protagonista a la sucesión monárquica que lo convierte, como lo fuera hasta hace poco tiempo su padre, en el nuevo rey del Once. La inmersión de Ariel no es solo bautismal en las piscinas purificadoras del rito judío, lo es especialmente en el reconocimiento de sus orígenes y en la muy mundana aceptación de su misión.

No me atrevo a decir si  Burman recuperó,  quizás habiéndolos perdido en sus últimas películas, su tono y su estilo. Lo que sí puedo decir es que  El rey del Once es uno de esos trabajos de acercamiento y respeto hacia la realidad que quiere mostrar. Con la credibilidad que generan sus  trazos de documental,  la película de Burman ni se queda en la fotografía socio cultural de una determinada comunidad judía, ni se desvía hacia ficciones emotivas y subjetivas. Lo que hace es dejar que las cosas se cuenten solas y aprovechar esa sinceridad sin retoques para apenas insinuar, sutil y discretamente ,  la historia que se quiere contar.

Sobre El Autor

Andrés Quintero M.
Dirección Distinta Mirada

Dirección Distinta Mirada

Artículos Relacionados

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.