El precio de la verdad
Humberto Santana6.5
LO MEJOR
  • El interés permanente que logra crear en el espectador
LO MALO
  • Perder la oportunidad de profundizar en los dilemas de un personaje admirable y muy interesante
6.5Interesante

TÍTULO ORIGINAL: Dark Waters

OTROS TÍTULOS: Aguas Oscuras

AÑO: 2019

DURACIÓN: 2h 6min

GÉNERO: Drama, Biografía

PAÍS: Estados Unidos

DIRECTOR:  Todd Haynes

ESTRELLAS: Mark Ruffalo, Anne Hathaway, Tim Robbins, Bill Camp, Bill Pullman

 

Cerca de completar tres décadas haciendo cine, quizás sea la múltiplemente nominada al Oscar Carol (2015) el punto más alto del director Todd Haynes. El cineasta cuenta sin embargo con algunos trabajos como Far From Heaven (2002) o I’m Not There (2007), que si bien son menos reconocibles, son ejemplos válidos de la calidad que es capaz de imprimir a sus producciones, habiendo trabajado con actores de la talla de Christian Bale, Cate Blanchett, Heath Ledger y Julianne Moore.

En El precio de la verdad Haynes tiene un logro innegable. Si bien el artículo del New York Times en el que se basa la película (The Lawyer Who Became DuPont’s Worst Nightmare, de Nathaniel Rich) es tan impactante como atrayente, Haynes logra estar a la altura con una narrativa absorbente que captura el interés de principio a fin, haciendo de Dark Waters un docudrama muy entretenido. No solamente enlaza los hechos de forma que la atención nunca decae, sino que agrega un toque de suspenso que mantiene una tensión constante, fundamental en el efecto que quiere lograr.

 

 

Pero la intención principal, tanto del artículo original como de la película de Haynes, es muy clara: quiere impactar. Quiere que conozcamos el lado oscuro de la producción del teflón (específicamente el de DuPont), del envenenamiento que producen sus residuos productivos, enterrados irresponsablemente en tierras aledañas a su planta de producción de Ohio. Quiere que sepamos de los cientos de afectados, algunos de los cuales han sido ya compensados económicamente por la compañía. Pero de manera más universal quiere crear conciencia sobre aquellos «super compuestos» químicos, aparentemente llenos de características beneficiosas pero que, por su carácter prácticamente indestructible, una vez dentro vía el agua u otro modo, son físicamente imposibles de eliminar por los organismos vivos, incluyéndonos a los humanos o a los animales que consumimos. Es un hecho que después de ver la película pensaremos dos veces cómo preparar nuestros alimentos a la plancha.

Haynes, para redondear el efecto, se apoya en una producción visual deliberadamente verdosa y gris, que no solamente da un efecto de época situándonos un par de décadas atrás, sino que de alguna manera la hace industrial, química, tóxica, perfectamente acorde con su intensión.

 

 

Mark Ruffalo, quien además de encarnar al abogado Rob Bilott es co-productor de la película, hace como es costumbre un trabajo actoral nítido y respetable, destacándose su transformación gestual facial, acorde con los tormentos de su personaje. Ann Hathaway lo acompaña en un papel que la saca de su usual comedia, y si bien su papel dramático como la esposa de Bilott es adecuado, será rápidamente olvidado para recordar algunas de sus actuaciones anteriores.

 

 

Y es que son precisamente los personajes los que, a pesar de estar bien ejecutados, generan un interrogante. Más aún, Dark Waters hace que pensemos nuevamente en qué es una buena película. No es acaso una buena película la que interesa, entretiene y además hace reflexionar sobre algo más profundo?

 

 

Rob Bilott es un abogado que trabaja en un bufete dedicado a defender compañías químicas. Acaba de ser nombrado socio y espera su primer hijo, cuando se ve ante el interrogante de aceptar el caso de un granjero conocido de su abuela al que se le está muriendo el ganado, lo que iría precisamente en contra de una de las compañías a las que suele representar. Si bien los hechos se narran, la película deja escapar una oportunidad de oro para ahondar en el dilema personal del protagonista. Ir en contra de su propio bufete, arriesgar su vida profesional y así la estabilidad de su propia familia, además de sentirse amenazado personalmente no es poca cosa, pero la película de Haynes opta por narrar, en contraposición a transmitir, a hacer vivir en el espectador el drama del personaje al que quiere precisamente rendir tributo. Y esto se extiende en mayor o menor grado al resto de los personajes. Este es el pecado de El precio de la verdad. Pero no obstante ese «hubiese podido ser», ese vacío de carácter, no se opacan sus demás logros, que la hacen no solamente digna de ser vista, sino una pieza de información necesaria para el público en general.

 

 

 

 

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