El odio
8.5Muy buena
Puntuación de los lectores: (3 Votes)
9.1

TÍTULO ORIGINAL: La haine

AÑO: 1995

DURACIÓN: 95 min.

GÉNERO: Drama, Crimen, Película de culto

PAÍS: Francia

DIRECTOR:Mathieu Kassovitz

ESTRELLAS: Vincent Cassel, Hubert Koundé, Saïd Taghmaoui

 

Con El odio su director Mathieu Kassovitz no retrata, como a primera vista pudiera parecer, la violencia urbana de ciertos barrios parisinos en los noventas; lo que retrata, sin una coordenada espacio temporal específica, es ese sentimiento opresivo, turbio y a veces catártico llamado odio. De allí su permanencia, su latente actualidad.

Fiel a su título la película de Kassovitz no se va por la ruta fácil de mostrar una o varias de las tantas conductas a las que puede conducir el odio. Se queda, magistralmente, en él; en la descripción de sus distintas manifestaciones tan variadas como variados sean aquellos que odien. Lo que hace de El odio una película icónica es esa manera de acercarse, a través de tres jóvenes parisinos de los noventas, al sentimiento mismo del odio, a las mañas que emplea para su propia justificación y a la forma como es capaz de contaminar todo cuanto se atraviese en su camino.

EL ODIO AFICHEEstamos ante un ejercicio profundo de compenetración con tres seres anónimos y anodinos que deambulan por unas calles que son su casa y sobre las que marcan, como animales al acecho de su presa, su propio territorio. Tres jóvenes desadaptados y marginales – un judío, un negro y un inmigrante árabe – sin otra expectativa que la de saldar una venganza por el amigo que resultó herido en un enfrentamiento con la policía. Tres cabos sueltos que reflejan una sociedad descompuesta en la que conviven el esplendor rancio de una cultura en decadencia y el vacío inmenso de sus nuevas generaciones. Vinz, Said y Hubert orbitan por ahí alrededor de nada, creyendo que la confrontación – con lo que sea y por lo que sea – es su única opción de vida. Para los tres y en expresiones muy distintas por lo diverso de sus temperamentos, vivir es sinónimo de odiar y disentir. Así los ha moldeado o deformado la calle, sus jergas, su estructura de poder y sus singulares códigos de conducta.

Más allá de ser una brillante radiografía, lo que sobresale en El odio es la manera como Kassovitz se apropia de la cité, del barrio, del “parche”, de ese sentimiento urbano que se exhibe en cualquier esquina, que se contorsiona con una música impulsiva, casi vertiginosa y que siempre está desfogándose con puños, graffitis, pases de droga y con un dialecto que intenta darle al lenguaje sobredosis de potencia y desdén.

La compenetración con el ritmo y con la estética de este mundo lo alcanza El odio con una cámara magistral que a través de una sobria composición de cuadros y servida con un blanquinegro impactante, logra un hiperrealismo que le quita importancia a la historia para entregársela al instante, a la vivencia inmediata. Esta forma narrativa, deshilvanada y coherente a la vez, es el reflejo de las vidas de sus protagonistas. Vinz (Vincent Cassel, soberbio desde entonces) un judío cargado de resentimiento y odio hacia todo cuanto lo rodea; Said (Said Taghmaoui) el inmigrante árabe que se deja llevar por una corriente turbia y leviatánica donde todos somos lobos enfrentados y Hubert (Hubert Koundé) un boxeador negro que se debate entre andanadas brutas de puñetazos y el intento vano de encontrarle una razón a una existencia demencial de la que parece imposible – o tal vez indeseable –  escapar.

El que los tres personajes lleven el nombre de los actores que los encarnan es una señal más de la forma como Kassovitz esquiva cualquier asomo al tono documental o sociológico. Su propósito no fue otro que de adentrarse, el de mimetizarse, el de confundirse con un sentimiento cancerígeno, el odio, no describiéndolo, no narrándolo sino, hasta donde la transposición cinematográfica lo permite, siéndolo. El hecho de que durante los dos meses de rodaje director y elenco hayan vivido en una de estas cités parisinas, es una prueba más de este inusual logro de inmersión vital.

La dialéctica de la humanidad ha sido, es y será un constante transitar entre la confrontación y la reconciliación, entre la guerra y la paz, entre la discordia y la concordia, entre el perdón y el odio. La película de Kassovitz, un joven de apenas veinte años, es ya todo un clásico por haber logrado un retrato, crudo pero sincero, de ese salvaje que todos aprisionamos y que nos enfrenta con nosotros mismos, con nuestro entorno y, porque es un reflejo distorsionado de nuestras virtudes y defectos, con el otro.

Sobre El Autor

Andrés Quintero M.
Dirección Distinta Mirada

Dirección Distinta Mirada

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