El Infierno
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Aunque como colombiano uno esté acostumbrado a novelas, series, películas y libros cuyo núcleo es el narcotráfico, El infierno, la última película del mexicano Luis Estrada (La ley de Herodes, Un mundo maravilloso), sorprende por su tono y por la forma, quizás no innovadora pero sí irrespetuosa, creativa y fresca, de abordar un tema que entre nosotros ya está  desgastado por el sonsonete repetitivo y plano con el que se lo ha venido tratando.  Quizás sea una inaceptable simplificación decirlo, pero acá en Colombia  lo narco siempre está asociado a unas jergas ya muy reconocibles; a unos capos o “traquetos” que siempre andan rodeados de unas mujeres moldeadas con bisturí, gánsteres provincianos que siempre lo resuelven todo a punto de plomo no sin antes, fervorosamente, encomendarse a alguna  virgen y estar siempre pendientes, por lo buenos hijos que son, de sus queridas madrecitas.

El infierno tiene todos esos elementos pero los maneja de otra manera; los despoja de su grandilocuencia y los relativiza, al punto de la ridiculizarlos, con esa manifestación  inconfundible de la inteligencia: el humor.  Benjamín García (Damián Alcazar) regresa a su pueblo después de vivir el desencanto del sueño americano.  Con los bolsillos vacíos y ante un desolador panorama de pobreza y violencia Benjamín se entera que antes de  morir, su hermano, El diablo,  se había metido en los turbios negocios de la droga.  Como si fuera una herencia maldita el deportado García también terminará en ese infierno cuyos círculos concéntricos son siempre los mismos: ostentosas camionetas, alcohol, líneas blancas de coca, mujeres voluptuosas, autoridades corruptas y ese sello tan propio de cargar siempre, a mares, armas y billetes.

El infierno, a diferencia de otras películas de igual o similar temática, le imprime a su  historia un tinte caricaturesco y al hacerlo logra un particular y desconcertante efecto: es la deliberada sorna de Estrada la que le da la verdadera y  trágica dimensión a la situación que se relata.  La burla bien hecha es la mejor denuncia y El infierno es una muestra de que no es necesario apelar a los tonos densos y complejos para describir unas situaciones que por absurdas fácilmente lindan con la irrealidad.

Los ambientes estériles e hirvientes le dan a la historia un color amarillento y un aire polvoriento. Las actuaciones, sobresalientes, transmiten un aire de autenticidad y la pobreza – en todas sus dimensiones – es más que palpable en ese pueblo olvidado de Dios donde un par de familias se disputan a balazos el enclenque reinado de la droga.  Todo esto no es el resultado del azar ni es, tampoco,  una cámara  apuntándole a un lugar cualquiera del norte o del sur de México.  El ambiente de El infierno sale de su historia, de sus personajes extremos, de esos falsos paraísos incrustados en la miseria, de esas riquezas que no hacen más que realzar la extrema miseria de sus tenedores

Estrada se da el lujo, quizás un tanto desbordado,  de exponer la historia a ciertos absurdos.  Sacrifica la credibilidad del relato con el sólo propósito de mostrar que cuando se combinan, la violencia, la corrupción y el afán del dinero fácil no reparan ni en lógicas ni en racionalidades. Para hablar de lo absurdo que mejor que hacerlo, cuerda y mordazmente, desde el absurdo mismo. Esa es la genialidad de Estrada que quiso, con ocasión del bicentenario de la independencia mexicana, burlarse de su país y mostrar como las opulencias inmaduras, sean personales o nacionales, siempre se apoyan en la miseria de muchos.

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