El ídolo
Andrés Quintero6.5
LO MEJOR
  • Su bien logrado efecto de emoción y compenetración con el protagonista
LO MALO
  • El desaprovechamiento del contexto político y social para romper el estereotipo de la historia de superación
6.5Interesante

TÍTULO ORIGINAL: Ya Tayr El Tayer

OTROS TÍTULOS: Idol / The Idol

AÑO: 2015

DURACIÓN: 1h 40 min

GÉNERO: Drama, Comedia

PAÍS: Palestina

DIRECTOR:  Hany Abu-Assad

ESTRELLAS: Tawfeek Barhom, Nadine Labaki, Ahmed Al Rokh, Hiba Attalah, Kais Attalah

El formato para televisión del concurso caza talentos ha sido, es y seguirá siendo un éxito mundial. Casi todos tenemos en la mente la imagen de un jurado ante el cual van desfilando unos desconocidos que pretenden,  con sus muy variados y disímiles talentos,  saltar de su humilde anonimato a la fama.  A la imagen del jurado, exigente y complaciente a la vez, la complementa la micro historia del aspirante, siempre plagada de dificultades y adversidades pero marcada sobre todo por dosis ingentes de valor y arrojo.  La posibilidad de un súbito ascenso a la fama es seguida a través de las pantallas por millares de personas a las que este formato las hace vibrar con la astucia simple, pero tremendamente efectiva, de rasgar sus niveles más primarios y elementales de sensibilidad. Nunca renuncies a tus sueños es el implícito y endulzado slogan en todo este montaje donde pulula el manoseo emocional. El objetivo es que el televidente se compenetre a tal punto con los concursantes que llore a su lado tanto su derrota como su heroica victoria. Eso se traduce en altísimos ratings y en jugosas ganancias para los dueños de este entramado de mentiras y verdades. Estamos ante la reinvención del héroe urbano contemporáneo. Su gesta es corta y su permanencia es efímera porque en esta modernidad de redes etéreas nada perdura; todo tiene  un impacto tan fulgurante como fugaz.

El ídolo relata, volviéndola cuento, la historia del cantante palestino Mohammad Assaf.  Lo hace siguiendo la misma ruta efectista del programa Arab idol y para eso se remonta a su niñez, mostrándonoslo como el típico niño talentoso que sobrepone a su pobreza el deseo de triunfar. Desfilan los padres humildes, los amigos solidarios, la enfermedad de alguien querido, la renuncia, el emprendimiento  y, por supuesto, algún enemigo que ha de ser vencido.  Todo está construido en función de un espiral que conduce al clímax de la gran y definitiva prueba. Será el jurado de Arab idol  y por sobre este, la grey entusiasta de seguidores,  la que sentenciará si el intrépido joven en el que se ha convertido el candoroso niño pasará o no a la transitoria fama de destellos, afiches y neones.

La película de Hany Abu-Assad es un trabajo que mirado desde la óptica de la aventura emotiva de su protagonista, cumple  su cometido de entretención moralmente constructiva.  Sin embargo queda también la sensación de que Abu-Assad se propuso ir más allá de la simple emoción manipulada  y que para ello se sirvió de un contexto socio político  que  le permitiera a su protagonista romper el celofán de la historia de superación y acercarse a cuestionamientos de otro tipo y así no resignarse con el lagrimón del espectador sino aspirar también a moverlo a algún tipo de reflexión. A la postre el balance de estas dos perspectivas termina inclinándose por el  cuento bonito y su moraleja en detrimento de la visión hacia un entorno marcado por la discriminación y la abierta confrontación. Otra película sería El ídolo si  a la fantasía de su historia se la hubiera resignificado desde la realidad menos deslumbrante y positiva del conflicto para mostrar, también desde la belleza y la emoción,  que mientras es uno el que llega, son siempre millones los que lloran y aplauden.  El ídolo terminó siendo el producto correcto y entretenido que es porque su director prefirió el toque infalible de la sensibilidad fácil y segura  y no esa otra visión de una realidad más opaca y dura. Nada asegura que esta otra visión hubiera conducido a un mejor producto cinematográfico, pero lo cierto es que la ruptura de los cauces tradicionales es siempre una condición para dejar huella y perdurar. El ídolo tenía con que hacerlo e, incluso, fue eso lo que se propuso pero se dejó vencer, como a todos nos  suele pasar,  por el placer de la emoción.

 A la primera parte de la película dedicada a la infancia de Assaf  le falta contundencia narrativa y enganche argumental. Al principio la  historia se recuesta en el atractivo innato pero algo postizo  de unos niños  a los que se les contrasta, irrealmente, con la cruda realidad que los rodea.  Cuando la película brinca al Assaf que dejó atrás su adolescencia, la película gana en forma y contundencia rítmica. Con todo y sus infaltables y muy predecibles aderezos, la historia de superación alcanza cotas más altas de credibilidad y compenetración con la historia. Para decirlo de una manera más simple y directa: uno termina, como el más anodino y vulgar los televidentes, haciendo fuerza porque el nuevo ídolo de la canción sea este muchacho que se la apostó toda al cumplimiento de su sueño.  Pero en el caso de The idol no es la simple historia almibarada de superación la que termina enganchando al espectador. Abu-Assad aprovecha el material visual e histórico del momento e inserta la travesía de este héroe urbano en un contexto  político y económico de postración, exclusión y confrontación. Assaf huye de Gaza para hacer realidad su sueño y para hacerlo tiene que superar las barreras , físicas e ideológicas,  del conflicto local.  La cámara prefiere explayarse en una ciudad derruida que en un escenario inundado de luces; la pasión desbordada de los televidentes tiene que ver por supuesto con la voz angelical de su ídolo pero sobre todo con lo que él representa como miembro de una comunidad marginada y excluida.

Aunque pudo atreverse a mucho más,  El ídolo es una película que a medida que avanza involucra elementos y situaciones de contexto que le dan a la historia un matiz distinto sin renunciar a esa emotividad que tanto nos gusta y que siempre aflora cuando las cenicientas  se casan con los príncipes, cuando los embrujos se quiebran  y cuando se  nos hace creer, así sea por  un instante, que  un niño humilde ha alcanzado, no por otra razón  que por su trabajo y sus mérito,  el reconocimiento que tanto merecía.

 

 

Sobre El Autor

Andrés Quintero M.
Dirección Distinta Mirada

Dirección Distinta Mirada

Artículos Relacionados

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.