El Hombre De Hielo
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TÍTULO ORIGINAL: The Iceman

Una película ha de tener un elemento característico que la diferencie del resto, algo que no sólo le aporte una nota de distinción, sino que la haga única. Si la trama gira en torno a la mafia, dicho elemento tiene que ser considerablemente grande, para que la cinta no se ahogue en un mar de comparaciones con las obras maestras que el género ha dejado a lo largo de la historia. En este caso en concreto, esa particularidad, mide dos metros de altura y se llama Michael Shannon.

Un actor que ha ido forjándose un registro de maníaco que, posiblemente, le lleve a encasillarse en ese rol pero que, sin ningún tipo de duda, está y estará a la altura de los grandes villanos de todos los tiempos. Él mueve la cinta, él es quien dicta si tiene que avanzar más rápido, más lento o detenerse. En la sombra quedaron en esta ocasión dos pesos pesados de la interpretación, como son Ray Liotta y Winona Ryder. El cameo de James Franco resulta llamativo, pero por lo ajustado de su duración no pasa de anecdótico.

Biopic sobre uno de los mayores asesinos a sueldo freelance, contratado de forma esporádica por diferentes grupos mafiosos, entre ellos, la mayor de las cinco familias ítaloamericanas de Nueva York, Los Bonanno. Richard Kuklinski, un hombre cuyos métodos expeditivos le hicieron ganar fama rápidamente como sicario, responsable de un número aproximado de 200 asesinatos en sus 40 años de carrera criminal.

La atmósfera sombría creada por Vromen es efectiva en tanto que consigue introducirnos en ese peligroso mundo de los matones por encargo. La filmación en espacios interiores y reducidos, acentúa ese ambiente lúgubre que resta a la cinta esplendor y la deja desprovista del lujoso romanticismo siciliano al que estábamos acostumbrados en anteriores referencias a las Cosa Nostra. Una figura recortada en la sombra avanza hacia nosotros, un paso irregular, impreciso, balanceándose de un lado a otro como si le costara mantener el equilibro de esa impresionante altura que, a su vez, trata de disimular encorvándose un poco hacia delante. El hombre que aparece nos provoca un escalofrío mientras esboza una forzada mueca que, de forma muy segura, mantiene durante varios segundos; un gesto inexpresivo producto de muchas horas de ensayo frente al espejo, hasta que por fin da los buenos días. Entonces caemos en la cuenta de que el misterioso mohín era una sonrisa, la misma sonrisa tras la que ha conseguido ocultar a su familia, durante más de veinte años, su terrorífico empleo.

El título de la película hace referencia, no sólo al nombre con el que el esbirro fue apodado por la prensa en relación con su modus operandi, “El hombre de hielo”, sino también a la personalidad del mismo:

“Ray Liotta, como Roy Demeo, saca de forma inesperada una pistola y apunta a la cabeza de Kuklinski, éste permanece impertérrito sin hacer un solo guiño, por lo que Demeo, dirigiéndose a sus compinches, dice:

– Este tío es frío como el hielo.

Ahora mirando directamente a Kuklinski añade,

– ¿Tienes novia o algo?
– Estoy casado
– ¿Entonces por qué actuás como si no te importara una mierda?”

Una película que no hubiera pasado de ser una anécdota escabrosa más, de no ser por esa interpretación magistral de Shannon, comportándose como un bloque de hielo muy compacto que, a medida que se van sucediendo los acontecimientos, sentimos como va resquebrajándose, y esperamos con estupor el momento en el que termine por romperse en un violento estallido.

El precio de la entrada ha quedado sobradamente justificado.

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