El club
Humberto Santana6.5
LO MEJOR
  • La atmósfera, inquietante y atrapante. La tensión que genera
  • Las actuaciones, destacando la interpretación de Roberto Farías como Sandokan
LO MALO
  • Lo forzados que se sienten algunos de los momentos más importantes en la historia
6.5Interesante

afiche-el-clubOTROS TÍTULOS: The Club

AÑO: 2015

DURACIÓN: 98 min

GÉNERO: Drama, Suspenso

PAÍS: Chile

DIRECTOR: Pablo Larraín

ESTRELLAS: Roberto Farías, Antonia Zegers, Alfredo Castro, Alejandro Goic, Alejandro Sieveking, Jaime Vadell, Marcelo Alonso

 

La historia nos sumerge casi desde el primer instante en su atmósfera púrpura y plomiza, atrayentemente bizarra. Cuatro hombres, todos pasando ya sus cincuentas, realizan sus tareas cotidianas juntos y sin musitar palabra, siempre acompañados de una mujer. El lugar es un pequeño y alejado pueblo pescador de las costas chilenas. Al atardecer, en la playa, vemos a uno de estos hombres “jugar” con un perro delgado y longilíneo. Usando un vara larga que tiene amarrado en uno de sus extremos lo que parece ser un conejo sin vida, hace correr y saltar en círculos al perro, que persigue su presa incansablemente. Se trata de un galgo que estas personas hacen competir en carreras locales. Los hombres son curas, y la mujer una monja.

La atmósfera oscura e inquietante no es más que un espejo del verdadero drama. Estas personas adustas y que parecen salir de la casa donde habitan solo cuando empieza a caer la noche, son curas que han pecado. Pederastas o traficantes de recién nacidos, sin importar el tipo o la gravedad de sus faltas, han sido enviados por la Iglesia a la casa en este pueblo alejado para hacer penitencia, pero también para desaparecerlos de la visibilidad pública. La llegada de un nuevo “huésped” trae consigo el arribo de personajes adicionales que se suman a la historia, y que constituyen una clara amenaza a la relativa tranquilidad.

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Además del tono particular que imprimen su director Pablo Larraín y la fotografía de Sergio Armstrong (con quien trabajara de forma similar en “No“), son destacables las actuaciones del elenco en general. La construcción de varios de los personajes es impactante, incluyendo algunos relativamente menores, como el cura que ha perdido la memoria y ya ha olvidado, quizás al igual que la Iglesia, por qué fue enviado allí. Sin embargo la interpretación que obligadamente debe mencionarse es la de Roberto Farías (Sandokan). Su papel como indigente, víctima de abusos en su niñez por parte de curas, desequilibrado y lleno de confusión y resentimiento, al mismo tiempo que incomoda, aporta gran parte de la fuerza y de la tensión a la película, sensibilizando simultáneamente, acercando al entendimiento de la dimensión del daño que hacen este tipo de abusos en las personas, a quienes además de las profundas e irremediables heridas emocionales causadas, se les arrebata canallamente la posibilidad de tener una fe, de desarrollar su espiritualidad, de acercarse válidamente a Dios.

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El título de la película, cínico y mordaz, no es el único elemento de humor negro, y es ya un indicio de la intención de la película. Es una embestida frontal contra la impunidad de los crímenes cometidos por miembros de la Iglesia. Estas personas que alguna vez fueron considerados hombres de Dios, en cambio de ser entregados a la justicia terrenal, son enviados a esta casa alejada. En contraposición a la actitud histórica de querer ocultar este tipo de hechos, la película de Larraín quiere gritarlo a los cuatro vientos. Y lo hace en un lenguaje directo y transgresor. Quiere inquietar, incomodar, y al hacerlo quiere que su mensaje llegue fuerte y claro. Un ejemplo de ello es que no hay una sola toma de abuso de menores, pero los diálogos, descriptivos y explícitos, impactan con una fuerza que supera el efecto de las imágenes.

La historia, como todas las historias, termina definiéndose en diferentes puntos por una serie de eventos clave, momentos de mayor trascendencia que tienen un peso mayor en la narración. Y es aquí donde El club resbala. Algunos de estos eventos fundamentales (que es mejor no señalar para evitar incurrir en spoilers) se sienten forzados, precipitados, sin un soporte sólido. Y sin que esto le quite valor a los elementos positivos, deja la impresión -quizás exagerada- de que la intención primordial sería atacar a la Iglesia como institución, en lugar de plantear un cuestionamiento balanceado y exponer un ángulo de crítica hacia algunas de sus actitudes o posturas. El propósito de denuncia parece terminar primando sobre todos los demás componentes de la película, haciendo que la transgresión en su lenguaje cinematográfico aparezca más como un fin que como un vehículo, en detrimento de una historia interesante que se hubiese podido contar mejor.

 

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