El club de los desahuciados
Autor8
H. Santana (Dirección Distinta Mirada)8
8Nota Final
Puntuación de los lectores: (5 Votes)
8.9

Título Original: Dallas Buyers Club

Año: 2013

Duración: 117 min.

Género: Biografía, Drama, Historia

País: Estados Unidos

Director: Jean-Marc Vallée

Estrellas: Matthew McConaughey, Jennifer Garner, Jared Leto

 

Decir que Dallas Buyers Club no es más que la soberbia interpretación de sus protagonistas, es una reducción injusta y facilista. Todo el mundo coincide en que las actuaciones de Matthew McConaughey y Jared Leto son magistrales; difícil no asombrarse ante la transformación física de ambos y fuera de toda discusión que la última película del canadiense Jean-Marc Vallée se recuesta en la contundencia actoral de ambos. Pero en el caso de Dallas Buyers Club todo lo anterior no desemboca en una de esas películas prescindibles en las que unas buenas actuaciones se le sobreponen a la película que les sirve de escenario realzando su mediocridad.

Mitad de los ochentas. Con la aparición cíclica que han demostrado por siglos, una nueva plaga azota a la humanidad; su nombre confunde y espanta: el virus de la inmunodeficiencia humana – VIH -. Se lo adquiere por transfusión sanguínea o por transmisión sexual y no tiene cura. En los púlpitos y en otros foros menos explícitos se habla del azote contra la promiscuidad, del castigo divino por el imperdonable extravío de la humanidad. Se cree que la flecha siniestra apunta exclusivamente hacia la población homosexual lo que, en una cultura plagada de dobleces, la estigmatiza aún más.

dallas-buyers-club-poster1

En el tosco y colectivo imaginario según el cual el sida es una enfermedad de maricas y travestis de esquina,  Ron Woodroof – un tejano rudo, mujeriego, cocainómano y bebedor – no tenía ninguna probabilidad de cargar con esa condena. Sin embargo la galopante delgadez que invadió su cuerpo demostró lo contrario: Woodroof estaba infectado y según el lapidario diagnóstico de su médico solo le quedaban treinta días de vida. Ron, encarnado más que interpretado por un McConaughey muy efectivo y muy creíble, se enfrenta a este pronóstico y decide que lo que le quede de vida lo vivirá sin miedo y procurando que sus compañeros de infortunio, los otros infectados, tengan una mejor calidad de vida. Para esto último se dedica, en asocio con Rayon (Jared Leto) un travesti al que conoce en un pabellón médico, al tráfico ilegal de medicamentos que mejoran las condiciones de vida de los portadores del virus. Dallas buyers club (en las distintas ciudades se organizaban clubes clandestinos de compradores de los medicamentos prohibidos) es el retrato del último tramo de la vida de este anti héroe que nos genera, contradictoriamente, tanta repulsión como atracción. Woodroof no es ni el desvalido que arremete contra unos molinos de viento, ni el desahuciado que se hunde en los círculos de una enfermedad que mata física, espiritual y socialmente. Ron es un cowboy armado con unos código elementales de subsistencia que espera que suene la campanilla que anuncia la salida de un nuevo vaquero. Como su vida siempre ha sido un constante enfrentamiento con  la muerte, la proximidad de esta a manos de una enfermedad incurable no es más que la reiteración de una condición existencial  esencialmente transitoria y, desde la perspectiva del vividor, de un deber de exprimir la vida hasta la última gota.

El valor de Dallas buyers club no se agota en las interpretaciones de McConaughey y Leto; el mérito de estas es indiscutible pero lo es también la forma en que Vallée aborda una historia eludiendo de principio a fin el heroísmo del enfermo que se sacrifica por una causa; a Woodroof lo mueve el ánimo de ayudar a otros enfermos pero nada le impide ver el negocio que puede amasar  y no niega su apego visceral a los vicios que lo arrastraron hacia la enfermedad. No aspira ni a estatuas de agradecimiento ni a discursos de reconocimiento; lo que quiere es volver a los corrales donde los toros no ven la hora de lanzar por el aire a los jinetes que no saben como aferrarse a sus encabritados lomos.

La cámara de Vallée emplea intencionalmente unos acercamientos que desenfocan la imagen pero que transmiten el ritmo trepidante de la situación, sin necesidad de escenas o lenguajes explícitos. La estética de Dallas es una renuncia a todo exceso y salvo un par de tomas de Woodroof en aviones y ciudades plagadas de neón, todo transcurre en un ambiente desabrido que va de los corredores hospitalarios a las precarias oficinas donde la inusual pareja expende sus medicinas. La historia no está al servicio de un clímax argumental y es por ello que Vallée no echa mano ni de amores redentores, ni de conversiones salvíficas, ni de emotivos heroísmos. Es, sin más, la historia de un hombre enfermo que se empeña en rebelarse contra una institucionalidad obtusa para demostrarle – y demostrarse de paso a sí mismo – que mientras haya un potro por domar o un dólar por ganar o una mujer por conquistar, habrá vida. No creo que lo reprochable de la historia sea la ausencia de un elemento que desestabilice su curso predecible o la presencia de algunos lugares comunes en ella; creo más bien que lo uno y lo otro reiteran la aridez del lenguaje que emplean la enfermedad y la muerte.

Un último renglón para el personaje de Rayon: desconcertante fusión de una feminidad encapsulada en un cuerpo masculino y a la que no le queda otra opción que destruirlo para sentirse liberada. Más allá de la transformación física y del maquillaje extremo la actuación de Leto es, por violentar el estereotipo en que han caído estas interpretaciones, descomunal.  El video que sigue ahonda en este personaje fascinante.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.