Suelo echarle una mirada a la sección de cine de las librerías. La experiencia acá en Bogotá – y supongo que en toda Colombia – no es propiamente apoteósica. Abundan los libros de las veinte, las cincuenta, las cien y las otras tantas películas de tal o cual categoría. Resultado de agrupaciones principalmente de género, país y década de su exhibición, las colecciones son de todo tipo. Desde recuentos juiciosos con sus respectivas e interesantes reseñas hasta simples listados cuyos criterios de escogencia no son del todo claros. Son libros más para tener que para leer. Los hay incluso bellamente editados que provocan su hojeada pero no, placer entre los placeres, su devota lectura. A estos libracos – suelen ser pesados y de sugestivas carátulas – se suman, dejando de lado la literatura técnica sobre la materia, las ediciones dedicadas a algún nombre egregio del mundo cinematográfico. Por lo general los títulos de estos libros están asociados a esos grandes nombres que de tan trillados y conocidos resultan, pese al brillo de los personajes retratados, un tanto rutinarios:  Marilyn Monroe, Marlon Brando , Humphrey Bogart, James Dean, Stanley Kubrick, Jean Renoir, Charles Chaplin, Audrey Hepburn, Jack Nicholson, Clint Eastwood….. Al igual que sus compañeros de estante, son libros esencialmente cosméticos. De esos que se ponen sobre las mesas como objeto decorativo para que de pronto alguien destine no más de un par de minutos a darle una rápida mirada a sus resplandecientes fotografías.

En medio del oropel de todas estas ediciones a veces es posible toparse con algo distinto. Una vez encontré un muy juicioso trabajo sobre Billy Wilder titulado Elogio de lo Imperfecto del antioqueño Juan Carlos Arroyave . En otra ocasión di con un interesante ensayo cuyo sugestivo nombre, extrapolado como título de esta nota, era ¿El cine, puede hacernos mejores?, del filósofo Stanley Cavell.

Mi último hallazgo fue el libro del novelista, periodista y músico barcelonés Francesc Miralles, Cineterapia, 35 películas para mejorar tu vida. Un título como estos despierta curiosidad y, en mi caso, no poca desconfianza. Personalmente recelo de todo aquello que se anuncie como clave salvífica de ayuda. De todo lo que se ofrezca, con el infaltable tuteo, para cambiarte, mejorarte, embellecerte, adelgazarte, alegrarte, enriquecerte o santificarte, simplemente, sin tuteos, apartarse. Esa es mi regla. En Cineterapia, 35 películas para mejorar tu vida, Miralles propone un botiquín de 35 filmes para combatir igual número de estados anímicos negativos. El juego terapéutico está organizado de forma tal que a cada estado les corresponden varios antídotos cinematográficos. Una misma película sirve entonces para combatir varios de dichos males. Según el recetario de Cineterapia el desconsuelo, por ejemplo, lo cura – o alivia al menos – Mary Poppins, Un mundo feliz y Amélie. La fórmula viene sin dosis y sin posología, de donde podría concluirse que a un gran desconsuelo nada le viene mejor que inyectarse estas tres películas un domingo por la tarde. Si el asunto no es tan grave tal vez baste con volver a ver a la Tautou por las empinadas calles del Montmartre parisino.

Más alá de lo atractivo de la idea, el planteamiento de Miralles, al igual que el interrogante de Cavell, hacen que se vuelva a la gran pregunta de si el cine es capaz de hacernos mejores seres humanos. ¿Será que aquel que ha visto muchas películas es mejor que aquel otro que ha visto pocas? ¿Dependerá este efecto positivo no tanto del número de películas que se haya visto como de la calidad de las mismas? La sola manera de formular estas preguntas luce ingenua, casi torpe y sin embargo creo que vale la pena arriesgar, con su inevitable tono subjetivo, una respuesta.

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Una primera aproximación indica que se va al cine, fundamentalmente, a pasarla bien. En este sentido hay una justificación epicureista en el acto de ver una película. El cine nos procura placer y por eso vamos a él. No importa si el gusto nos lo depara un romance almibarado, una balacera inverosímil, un drama aniquilador o unos sorprendentes dibujos animados, lo cierto es que el impulso primario, el que nos sienta en la butaca, es el que viene de ese deseo de dejarnos acariciar, como a cada cual le guste, el ánimo. En eso se igualan el niño de las crispetas, los enamoradizos de la última fila, el intelectual de la bufanda a cuadros y aquel solitario, de seguro un pensionado, que duerme a tramos durante la proyección de la película.

Pero la cosa se sitúa más allá del entusiasmo periférico, de la emoción puramente cutánea y pasajera. No creo que se vaya al cine con fines terapéuticos. Ni siquiera creo que el ir a cine tenga como propósito evadirse del cotidiano o hacerle un quite a la rutina. No. Se va al cine porque nos place hacerlo, pero no es esa la única razón. De alguna manera, de alguna inconsciente manera, a ese gusto primario termina adhiriéndosele el sutil e incomprensible deseo de apropiarnos de algo de lo que vemos. Es como si en algún plano sí creyéramos – o más bien intuyéramos – que el cine puede hacernos, sino mejores seres humanos, sí por lo menos seres más completos que han tenido la posibilidad lúdica de asomarse a mil mundos allende del que a diario transitamos No es que el cine nos haga necesariamente más compasivos o más bondadosos o más justos o más tolerantes, pero sí más sensibles a unas realidades que aunque en la pantalla parecieran distantes, tienen la virtud de sentirse próximas o, mejor, adaptables a nuestro entorno inmediato. En palabras de Cavell el “cine consiste en esa capacidad para percibir cada movimiento, cada posición y, en especial, cada postura y cada gesto humanos, por fugitivos que sean, como cargados de su poesía, o bien, podríamos decir, de su lucidez”

Después de años de ir al cine es como si, sirviéndole de recipiente a los muchísimos y gratos momentos vividos frente a la pantalla, se hubiera ido tejiendo una fina capa que altera, enriqueciéndola, la visión que se tiene del mundo y a su lado la percepción de sus valores y, también, de sus atrocidades. En este sentido con toda seguridad somos distintos a los que hubiéramos sido si jamás hubiéramos pisado una sala de cine, como distintos también somos de aquellos otros que ya, afortunadamente, no fuimos y que nunca oyeron los brandemburgueses de Bach o que nunca se extasiaron con los colores Cezanne.

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No estoy tan seguro de que al desconsuelo se lo combata eficazmente con Mary Poppins o que la agresividad mengüe viendo El toro salvaje de Scorsese, como ingeniosamente propone Miralles. Lo que sí creo – o quiero creer – es que el cine visto, sin siquiera remotamente darnos cuenta, nos hace compenetrarnos mejor con una situación de desconsuelo o con una reacción agresiva, propia o de un tercero. No es que el cine sirva para superar tales estados de ánimo. Lo que el cine viene haciendo desde sus inicios es adentrarnos en infinidad de estados de ánimo no para enseñarnos como superarlos sino para mostrarnos como los han encarado otros. Lo que de allí tomemos y lo que allí abandonemos, será nuestra cosecha. La sensibilidad que el cine va tallando en quien lo frecuenta suele ir asociada con una capacidad de asombro, comprensión y compenetración que agranda nuestra humanidad. Eso no nos hace mejores ni peores, nos hace, sencillamente, más íntegramente humanos.

Sobre El Autor

Andrés Quintero M.
Dirección Distinta Mirada

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