El Artista
Autor9
H. Santana (Dirección Distinta Mirada)7
8Nota Final
Puntuación de los lectores: (1 Voto)
6.0
TÍTULO ORIGINAL: The Artist
No dejan – ni dejarán nunca – de sorprenderme  las tan diversas reacciones que en la gente que la ve causa una misma película. Para algunos aquella película es una inolvidable joya en tanto que para otros es, cuando más, una despreciable baratija. Aunque ligada a ese concepto, la valoración de una película no tiene porque confundirse con el conocimiento cinematográfico de quien la valora.  Es cierto que la persona que ha hecho del cine su oficio, su pasión o su envolvente entretención, tendrá una serie de elementos que le ayudarán a hacer valoraciones cinematográficas más elaboradas pero, no por eso, mejores valoraciones. La valoración de una película siempre seguirá siendo, en su expresión más auténtica y primaria, un fenómeno espontáneo que revela, más allá de la aglomeración de unos  pocos o unos muchos  conocimientos específicos y de la inevitable injerencia de una cultura circundante, los vericuetos de un determinado espíritu.
El Artista,  la aclamada y muy nominada película del director Michel Hazanavicius, es una muy buena muestra para aterrizar este discurso. De entrada creo que es muy difícil, sino imposible, que cualquier espectador la desprecie tildándola de mala. Ni siquiera aquel joven o niño que nunca tuvo contacto con el cine en blanco y negro – y menos con el mudo – podrá despacharla de esa forma. Le parecerá cuando menos curiosa y me atrevo a decir que le dejará sembrada una inquietud sobre como puede hacerse una película que no requiera, para entendérsela y gozársela, ni de palabras, ni de colores. Pero más allá de esto pienso en el porqué una película como El Artista puede embelesar a algunos,  agradar a  otros y simplemente entretener a los demás.
Dejo de lado, así sea por un momento, los méritos de su producción y me detengo en esa simple historia de amor que nos es contada a la vieja usanza, es decir,  con ojos entornados, con poses casi caricaturales,  con dramas acartonados y, especialmente, con ese mudo blanco y negro tan capaz de expresar con mil matices la finura, la penuria, el desespero y la esperanza. ¿Por qué una historia así contada estremece a algunos y a otros en cambio solo les sugiere que así se hizo alguna vez el cine? ¿Por qué para algunos El Artista es una gran película en tanto que para otros no es más que un buen y merecido tributo al esplendor cinematográfico del Hollywood de los años treinta?
Me inclino a pensar que los embelesados y estremecidos con El Artista son aquellos cuyos vericuetos del espíritu están conectados con una suerte de romanticismo en decadencia y con la creencia un tanto ingenua de que la felicidad cabe en el fotograma sepia de una historieta.  Pero especialmente creo que los conmovidos con El Artista son aquellos que siguen pensando que el buen cine siempre estará en deuda con sus orígenes, que toda buena película es un homenaje a esa idea cumbre de transportar al ser humano a la planicie de una pantalla y desde ella proyectarlo con tan sorprende vivacidad que  logre olvidar, en términos de realidad, su absoluta falsedad.
La diferencia está en que para algunos El Artista es, técnicamente hablando, un muy buen y emocionante remedo de la películas que se hacían hace ochenta años. Para otros es una historia de amor muy bien contada que se pasea por los corredores de esa simpleza blanquinegra a la que, en últimas, siempre terminan llegando todas las cosas de la vida.  Para aquellos a quienes El Artista les llega de  esta manera es claro que el cine, lejos de ser un sofisticado ejercicio intelectual, es siempre ese deleite de asomarnos, con la conducción de un puñado de imágenes, a la vida de los otros. Un sorprendente asomo que cuando es bueno nos deja en la retina la impresión de habernos visto proyectados en esos otros que una luz cónica puso a desfilar ante nuestros ojos.
La historia de amor de amor entre George Valentin (Jean Dujardin) y Peppy Miller (Bérénice Bejo), él la estrella decadente del cine mudo y ella la estrella naciente del cine sonoro, es a tal punto elemental que bordea lo trivial. Sin embargo lo que menos importa en El Artista es la complejidad o la hondura de su relato. Toda su fuerza, todo el poder de su atracción,  se centra en el diciente lenguaje de las miradas cruzadas de sus protagonistas, de sus vestuarios, de sus cabellos engominados, de la historia que viven y que  ante la pantalla se siente tan fingida como real, tan distante como próxima.
El gran mérito de El Artista no está, como se ha querido ver, en ser un emotivo y logrado esfuerzo de retrospección;  está, bien por el contrario, en ser una apuesta de proyección. Lo que logra Hazanavicius es valerse de un hermoso pretexto, en este caso la historia de amor entre George y Peppy, para demostrar que la simpleza casi cándida de los comienzos del cine – actuaciones, ambientaciones y guiones –  sigue siendo la regla de oro para la confección de una buena película. Haberse servido como lo hizo Hazanavicius de las viejas técnicas para lograrlo es una venia genial al neón y al claqué de una época dorada pero es también, hacia el futuro, un llamado discreto recordando que genialidad y la belleza siempre han estado cerca de la simpleza.
Soy uno de aquellos que si pudiera detendría la película en la escena del encuentro de George y Peppy en las escaleras. La gente sube y baja, presurosa la una, parsimoniosa la otra; ninguna se da cuenta de que ellos, ya próximos a separarse, alargan los segundos como queriéndose decir lo que ambos están callándose.  Es eso lo que ahora en palabras puedo decir me produjo esa imagen. A otro no le habrá dicho más que un encuentro casual y a otro lo habrá atiborrado con el sentido metafórico que siempre tendrán las escaleras. Con todo su poder evocador lo que hace el cine es regalarnos la imagen; a partir de ese momento somos nosotros los encargados de su procesamiento y en la medida en que más rica y fluida sintamos esa relación, mejor nos parecerá la películas que nos la provoque.
Tal vez no esté demás decir que soy uno de aquellos que daría lo que fuera por asistir, de corbata y sombrero, a una de esas funciones de los años treinta en la que la musicalización de la película se hacía con una orquesta en la escena. Engaño propio de toda reminiscencia del que se vale El Artista con delicia e inteligencia.

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