El cine vende quizá más que la literatura o la música, pero no es por su originalidad o novedad. Actualmente, (¿desde siempre?) hay mucho cine reiterativo o circular: con las bombas Michael Bay, con chistes obvios made in Dago García, los gritos innecesarios de Oren Peli, con la muerte de los muertos o lucha contra los muertos vivos a lo Paul W. S. Anderson, imágenes gore estilo Eli Roth. Incluyendo, a el reciente Adam Sandler, los chistes y personalidad del ya predecible Downey Jr y los “mil” personajes de los que se disfraza Johnny Deep para actuar exactamente igual con ropa distinta. Todo esto se repite con tanta regularidad, que es raro que nosotros -el público, todos los receptores posibles- en vez de aburrirnos y querer cosas distintas, lo consumamos con tanta voracidad que rompemos una y otra vez el récord de la taquilla.

Si el cine es un texto, y por lo cual puede ser leído ¿cómo es que no reconocemos esos excesos narrativos? ¿Es posible que como receptores nos mantengamos frígidos a la seducción del cine no-circular? O ¿Acaso somos  incapaces de reconocer lo bueno y lo malo de un film? Las preguntas se vuelven más complejas cuando admitimos –como creo es deber- que el problema del cine malo, no es, que no diga nada por que ya antes se había dicho o representado. El problema, es que sabe muy bien como decir nada, como hacer que pasen minutos mientras la entretención reemplaza la narración que se supone debería tener; y mientras tanto los receptores mantenemos una actitud pasiva.

Ante la pregunta ¿Qué hacer? Muchos creen que lo primero es saber que dijo el experto. Incluso, simular la actitud y repetir la opinión del crítico de cine. Esto consiste en: ubicarla al fondo, jamás considerarla para una selección, y ponerle el ambiguo rótulo de cine comercial. Pues en realidad, eso no nos conviene como espectadores, de eso me ocupo en esta primera entrada.

Siguiendo a (Jullier, 2002) el adjetivo “comercial”, es un inri que los enunciadores, (fundamentalmente los críticos[i]) adjudican a las películas que suelen ser pensadas únicamente para adquirir éxito financiero. Aún así, los enunciadores no reconocen que estas pueden ser memorables y buenas, se me ocurren: Distrito Nueve, A Few Good Men, Ganster Americano, My Name Is Khan o Avatar. Así, se esconden en la mala fama del adjetivo las cualidades que si tienen esas películas.

Max, mi amor (1986)

Max, mi amor (1986)

“Comercial”, también hace alusión a la distinción entre lo popular y lo elevado. Lo primero es ordinario, común, ausente o desprovisto de complejidad o densidad, y lo segundo es “críptico y metadiscursivo” según ellos: “verdaderamente artístico”. Esto último, parece significar para un grupo capaz de entender y de mediar entre el público y la obra.  Mediante ese interés aclarador, el crítico justifica su existencia (defiende su puesto, dice porqué se necesita) y así nos pone a pensar que tan valido es su juicio estético (Ibídem, Pág. 193).

El hecho adicional, de que estos críticos hablen o enuncien sus juicios en los medios de comunicación, con el afán que estos exigen, convierte su gusto en algo que estará condicionado por la forma en que la información se presenta y por el (poco) fondo que suelen tener los discursos en dichos medios[ii] (Pág. 195).

Para resumir, los enunciadores expertos indican que algo es bueno en el marco de unas condiciones que podrían invalidar su juicio estético. Por ejemplo, el crítico es muchas veces un lector oportunista, pues a veces, algunos se sienten tentados por apropiarse de una parte del reconocimiento del “valor distintivo de la obra”[iii]. De la misma forma, al pertenecer a un grupo elite se espera de él, que “prefiera ciertas obras… y profiera ciertos juicios” (Pág. 184). De manera que, cuando califica o analiza una película para reservar su posición de experto, termina diciendo lo que esperan que diga y no lo que sinceramente puede o quiere decir (Llulier, 2002 Págs. 181- 200).

Por ello, creo que el espectador no debe hacer las veces de crítico para leer las películas. Esta es una posición simulada que impide leer. Menos debe condicionarse a sí mismo por lo que el crítico dijo, ni tampoco “leer y entender la crítica como un… informe de valoración artística hecha por expertos” (Pág. 199) con carácter ineludible. Pues eso conduce a incrementar el éxito de películas que al espectador, en ausencia del informe, le pueden parecer perversas.

hombre-en-el-cine

En reemplazo a la respuesta de la que me ocupé en el texto sugiero: depurar el ejercicio de la lectura. El cine no es un asunto de “críticos” y directores solamente, los espectadores estamos allí. Podemos leer y creo que eso es algo que se logra mejor si la película dice o promueve algo, presenta un problema, narra una historia, crítica un paradigma, o parodia una verdad. En un próxima entrada continuaré desarrollando el argumento por ahora para concluir, vean esta escena de Annie Hall.

Notas y referencias

[i] Hay que aclarar que el autor le habla una tradición crítica concreta y bien fortalecida, que además cita y revisa en el texto: la critica de cine francesa y a veces también la anglosajona. (Cahier du cinema, Les Inrockuptibles, etc…)

[ii] Sobre esto hay un interesante opinión de Mcluhan “societies have been shaped more by the nature of the media by which men communicate than by the content of the communication.” disponible aquí: https://www.nytimes.com/books/97/11/02/home/mcluhan-magazine.html

[iii] ¿Qué es una buena película? Laurent Jullier, 2002. Paidos comunicación 167 cine. Colección dirigida por Josep Lluis Fecé. Con respecto lo que digo en este párrafo Jullier cita a Pierre Bordieu. La distinción, criterio y bases sociales del gusto.

Sobre El Autor

César Padilla H.
Colaborador (Colombia)

(Quibdó, 1989)

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