Cuentos de Tokio
Autor9.5
9.5Excelente
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9.5

 TÍTULO ORIGINAL: Tokyo monogatari

OTROS TÍTULOS: Viaje a Tokio

AÑO: 1953

DURACIÓN: 139 min

GÉNERO: Drama

PAÍS: Japón

DIRECTOR: Yasujiro Ozu

ESTRELLAS: Chishu Ryu, Chiyeko Higashiyama, Setsuko Hara

 

Llegué al maestro Ozu por La elegancia del erizo, la cautivadora novela de la francesa Muriel Barbery. Adicta a la soledad, al té y al placer que deparan las cosas sencillas, esto es lo que el algún momento razona Paloma, su protagonista de apenas doce años:

“Entonces uno toma una taza de té o ve una película de Ozu, para retraerse de las lidias y de las batallas que son los usos y costumbres reservados de nuestra especie dominadora, y para imprimirle a este patético teatro la marca del Arte y sus más grandes obras”

afiche cuentos de tokioBastó esta mención para emprender la búsqueda que habría de llevarme a la obra del director japonés Yasujiro Ozu (1903-1963). Empecé, al azar, viendo una de sus películas, sino la más, sí una de las más representativas: Cuentos de Tokio (1953) y fue su delicadeza, su impecable parsimonia y esa manera que a los occidentales nos resulta tan exótica de volver lo más trivial una gran ceremonia, las que me permitieron entender en toda su hondura las palabras de Paloma. El cine de Ozu es una oda constante al valor de la simpleza, un tributo discreto a la imperceptible permanencia de lo efímero y trivial.

En Cuentos de Tokio una pareja mayor (Chishu Ryu y Chiyeko Higashiyama) decide visitar a sus hijos que viven en otra ciudad. Atareados como están con sus afanes cotidianos, los hijos consideran que lo mejor para los viejos es mandarlos a un balneario cercano para que puedan disfrutar su viaje. En otros y más sinceros términos, deshacerse cariñosamente de ellos. Lejos de su hogar y lejos también del de sus hijos, los padres se darán cuenta que algo se ha roto, que la familia que esperaban se reuniese en torno a ellos se ha deshecho y dispersado bajo la gran excusa de estar formando nuevas familias, las mismas que terminarán replicando esta historia de olvido y abandono.

Lo fascinante de Cuentos de Tokio y en general de la obra de Ozu es la sutileza de sus trazos. El drama familiar y la destrucción de sus valores fundantes, una constante temática de sus películas, es tratado mediante una técnica – visual y narrativa – sorprendente. En el cine de Ozu hay siempre una distancia que aproxima. Ozu no invade, no desnuda, no ofende, ni siquiera denuncia; Ozu insinúa, se acerca, mira y luego se aleja dejándole al espectador sentimientos extraños de vacío, lentitud, congoja y, envolviéndolos a todos, de una enorme belleza.

Además de esta indeleble marca de estilo, Ozu trabaja con maestría el lenguaje potente de los elementos circundantes. Su lente se extasía en el humo de una chimenea, en el vidrio opaco, en el letrero de neón, en el reloj que marca la hora de llegada y la de salida, en el pequeño vaso donde se bebe el sake. Otro tanto hace con sus personajes a los que mira desde una cámara que está a la altura de quien, perpetuando el rito, se ha sentado en el piso a compartir con otro su comida. El efecto de esta forma de hacer cine es sorprendente: como espectador uno termina estando allí, en esos lugares donde nada sucede pero todo acontece, en esos micro universos en los que el silencio – o al menos la discreción – es una obligación impuesta por la estrechez de los espacios.

Una vez se llega a Ozu es imposible dejarlo. Me corrijo: después de haber llegado a Ozu me di cuenta que me sería imposible dejarlo. Debe ser que al igual que Paloma a veces necesito refugiarme en un recodo que no le rinda pleitesía a la celeridad ciega, a la inmediatez sin sentido. Esa esquina de escape que tanto aprecio fue la que supo construir Ozu con ese sello inconfundible que luego muchos, con mayor o menor fortuna, han copiado.

Más allá de la marea cambiante de los gustos creo que en cualquier antología del buen cine siempre debería figurar algo de la obra del maestro Ozu. Eso no quiere decir que necesariamente quien vea una de sus películas vivirá una experiencia fascinante. Puede ser, bien por el contrario, que al hacerlo se aburra una enormidad. En el fondo es un asunto de afinidades. Lo que sí está fuera de toda discusión es que el cine de Ozu y en particular Cuentos de Tokio, tienen un halo indescriptible de fineza y un toque impecable de austeridad que desemboca en una gran sensibilidad. Con el marco de una estética muy limpia son estas notas y de seguro muchas más, las que hacen del trabajo de Ozu, en toda la extensión de la expresión, una obra maestra.

 

 

 

Sobre El Autor

Andrés Quintero M.
Dirección Distinta Mirada

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