Christopher Robin : Un reencuentro inolvidable
Andrés Quintero6.5
LO MEJOR
  • Porque como peluches los tratan, los peluches
  • Después de los créditos, la canción del final
LO MALO
  • Christopher, por no estar a la altura de sus compañeros
6.5Interesantes

TÍTULO ORIGINAL: Christophen Robin

AÑO: 2018

DURACIÓN: 1h 44min

GÉNERO: Animación

PAÍS: Estados Unidos

DIRECTOR:  Marc Forster

ESTRELLAS:  Ewan McGregor, Hayley Atwell, Mark Gatiss, Adrian Scarborough,Roger Ashton-Griffiths

Empecemos por lo bueno. Los peluches, sin duda. La tecnología,  fantástica e inmisericorde a la vez, nos ha acostumbrado a hacer tan real lo fantástico que nuestros seres imaginados cada vez se nos parecen más. Arquean las cejas como nosotros, nos remedan con perfección al sonrojarse y su pelo se mueve, como el de cualquier mortal, al vaivén del viento. Se han ido volviendo uno más de los nuestros y eso en alguna medida desinfla la enajenación que siempre acompaña la fantasía. El dibujo animado de otrora al igual que los personajes de ficción, han ido perdiendo sus limitaciones y por ende ese caudal de insinuaciones que detonaba el aparato creativo de sus seguidores.

Dirigida por Mark Forster y con la maquinaria de Disney, Christopher Robin nos muestra al adulto, circunspecto y amargado (acaso un pleonasmo), en el que se ha convertido aquel niño que creció en el bosque de los Cien Acres acompañado de Winnie Pooh y su pandilla. El reencuentro con sus viejos amigos tiene el encanto de mostrárnoslos tal y como son, como los peluches descuidados del niño que los dejó de lado. Su animación es básica; la expresión de sus caras es la que arrojan los propios muñecos y sus voces parecieran ser aquellas que los niños les inventan. En esto Christopher Robin es todo un acierto, en el respeto por el muñeco tal y como fue concebido y en la forma de darle vida respetándole su esencia primaria de peluche. Nada de humanizaciones. La clave de Forster es lograr que los personajes den lo máximo desde un estado elemental al que se le agregan, en apenas una justa medida, voz y movimiento.

Otro de los méritos de Christopher Robin es la delimitación de su propósito. No aspira a ser la aventura vertiginosa, ni la página aparte en la historia de sus personajes. Es una reflexión entre melancólica y tierna en torno a esa fuerza centrífuga que nos aleja de lo realmente importante. Christopher es uno de esos hombres, uno más entre cientos de miles, que bajo el entendido de que el trabajo es el medio para proveerle a sus familias una buena condición de vida , terminan trabajando tanto que les dan, a esas familias, una muy precaria condición de vida. Pooh y sus amigos le harán ver a Christopher que a veces hacer tanto no da tanto y que, en cambio, hacer esas naderías que a veces la vida reclama, termina dando mucho. Busy doing nothing dice la canción en la fantástica versión  que viene después de los créditos cuando la gente comienza a abandonar la sala. Esta nota positiva,  quizás negativa para algunos,  tiene el efecto de aseriar la película. Me atrevo a pensar que puede llegarle más a los papás que a unos hijos, siempre ansiosos de aventuras fulgurantes y poco dispuestos, felizmente, a procesar moralejas edificantes.

Lo no tan bueno de Christopher Robin es la consecuencia inevitable de sus bondades. El auditorio predispuesto a la emoción y a la diversión se encontrará con una película discreta y por momentos algo plana. El argumento le apuesta más al mensaje adulto que al estremecimiento infantil. Pooh y su clan tienen un aire anticuado que podrá ser atractivo para algunos pero poco llamativo para otros. Hay una apuesta de nostalgia que logra su cometido. Christopher Robin es, en términos emotivos, mucho más una caricia que un sacudón.

La producción es cuidada y vale la pena destacar al comienzo la forma como la escena termina paralizándose en el dibujo que la representa.  En cuanto a lo técnico,  la discreción de sus efectos especiales la hacen más creíble y, como ya lo resalté al comienzo de estas líneas, resulta fascinante la vida que cobran, interactuando con humanos, unos peluches que parecen sacados del  armario de los juguetes olvidados.

La actuación de Ewan McGregor no termina de encajar. No es mala pero hay algo forzado en ella que impide la compenetración con sus compañeros de rodaje. Pooh y sus compinches, especialmente el fatalista Igor y el entusiasta Tigger,  cautivan con su  simpleza y desenfado A McGregor le cuesta abajarse – quizás, más bien, elevarse – al plano de sus amigos y eso lo hace ver y sentir distante y no muy convencido de lo que está viviendo. Lo hacen mejor ellos, los peluches, incursionando en lo humano que los humanos metiéndose en el mundo de estos enanos.

Christopher Robin no es, como a primera vista pareciera ser, una de esas películas a las que los padres llevan a sus hijos creyendo compensar sus ausencias de entre semana con un plan de centro comercial atiborrado de complacencias y galguerías . Es una película serena que reivindica, en tono de fantasía, el valor de, al menos de vez en cuando, no hacer nada siempre que se lo haga en compañía de aquellos a quienes realmente amamos.

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