Causas y Consecuencias
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TÍTULO ORIGINAL: The Company You Keep

OTROS TÍTULOS: Pacto de silencio / La Ley del Silencio

Con Causas y consecuencias, la última pelicula  dirigida y protagonizada por el icónico Robert Redford, habría que hacer lo que dice su título en la cartelera española: un pacto de silencio. Sí, un pacto de silencio porque a medida que más se la mira y analiza, más se desintegra en sus numerosos defectos y más se hunde en su malograda pretensión de llegar a ser el thriller trepidante que nunca llegó a ser. Un pacto de silencio que quizás pudiera servir, sin quedarse en el facilismo crítico con esta prescindible película,  como discreto tributo a un Redford que marcó – y sigue marcando –  un momento importante en la historia del cine americano.

Del cine de Redford y a sabiendas de que toda escogencia es arbitraria y subjetiva, personalmente prefiero su labor como actor que como director. Guardo y guardaré en la memoria al Redford de Dos hombres y un destino (1969), del Golpe (1973) y  de Todos los hombres del presidente (1976). Las dos primeras, bajo la dirección de George Roy Hill,  haciendo el inolvidable dueto Redford-Newman  y la tercera,  ambos entonces tan jóvenes y apuestos, con Dustin Hoffman. De su trabajo como director, a mi juicio siempre correcto, moralista y plano pero nunca fascinante o soprendente, me quedo con su premiada Gente Corriente  del año 1980.

Sin perjuicio del respeto y del agradecimiento hacia un artista que ha sido, quizás como pocos, consistente y coherente a lo largo de toda su trayectoria, del Redford de Causas y consecuencias  hay  que decir que su particular obsesión por sobreponerse al paso de los años desdibuja a tal punto su presencia en la escena que uno no termina de entender bien si está ante alguien que ha sabido decantar a su favor el discurrir del tiempo o si su vanidad de permanencia lo ha llevado a personalizar la caricatura de un joven muy arrugado o, peor,  la de un viejo mal empacado en el envoltorio de un joven muchacho.

Lo cierto es que  Causas y consecuencias es un relato apenas pasable de un grupo de viejos – usemos el término sin temores ni ambages –  que habiendo sido terroristas en su juventud  ahora se exponen, treinta años más tarde, a la revelación de sus delitos y al riesgo de su tardía pero simbólica captura. Esta idea que pudo catapultarse para construir una historia de justificaciones ideológicas y para restaurar el debate maquiavélico sobre la justificación de la violencia como medio , se queda a  mitad de camino cuando Redford dulcifica innecesariamente la historia y la hace girar en torno a sí mismo para mostrarse como el héroe que tiene, a la vez,  la sabiduría del que envejece y el glamour cosmético del siempre joven. Quizás su intención no haya sido narcisista pero el resultado es un hombre, el propio Redford en este caso, en el que confluyen demasiados méritos en desmedro de una historia que queda a la deriva y de un reparto  con figuras de la talla de  Susan Sarandon, Nick Nolte y Julie Christie que aceptó, antes que desplegar su talento, acompañar al amigo en un divertimento pasajero.

Causas y consecuencias es una película que se deja ver pero que también se deja fácilmente olvidar. Si no fuera por el sello Redford habría pasado sin pena ni gloria como un  thriller del montón. En las buenas muestras de este género el misterio es una fuerza latente que siempre va in crescendo  y que termina resolviéndose en un punto inesperado y desconcertante. En Causas y consecuencias  al misterio se lo sacrifica para pincelar un drama forzado que termina resolviéndose en la predecible llanura del triunfo del prohombre patriota, padre y amigo.

Pero más allá de las inocultables flaquezas de esta  película, lo que no debe dejarse a un lado es la presencia de un  hombre que inscribió su nombre en la exclusiva galería de los grandes por su trabajo frente y tras las cámaras.  Dónde resida o no  su talento, de que textura está hecho su talante cinematográfico y que tan poderosas o planas puedan haber sido sus actuaciones o direcciones es otra discusión. Lo cierto es que  en los corredores de séptimo arte su nombre evoca y resuena, entre los vivos,  tanto como el de un Eastwood o el de un Clooney. Nombres que arrastran y maravillan por esa conjunción, no siempre emparejada con la calidad,  de beldad, magnetismo y talento. Que el  trabajo de Redford tenga, como en Causas y consecuencias, sus altibajos puede deberse, como lo dijera Pacino en El abogado del diablo,  a que quizás la vanidad sea uno de sus pecados favoritos.

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