Buscando a Eric
Autor7
H. Santana (Dirección Distinta Mirada)8
7.5Nota Final
Puntuación de los lectores: (1 Voto)
7.0

TÍTULO ORIGINAL: Looking for Eric

Lo explicaré luego pero ahora, para escribir sobre Buscando a Eric, empezaré, en un tono absolutamente local, hablando de las salas de cine.  Hubo un tiempo, veinte o más años atrás en el calendario,  en el que la oferta de salas era variopinta y abigarrada, por no decir que anárquica. Estaban las salas majestuosas, como el Embajador o el Opera que jamás se llenaban. Me recuerdo entrando a ellas y contemplando, en el rellano que había después de la escalera de ingreso,  el desolador espectáculo, en la planta alta y en la baja, de esa multitud muda de sillas semivacías. El puesto había que elegirlo con cuidado porque, en sus últimos y ruinosos años,  de cuatro, tres sillas eran inservibles. Mientras que las unas eran un vetusto rodadero en el que nadie lograba sostenerse, las otras escondían bajo sus forros amenazantes resortes. Las había también de barrio, como las del Lago o la Castellana, menos ambiciosas y más acogedoras. De estas recuerdo, como no recordarlas, sus cafeterías. Después de los cortos y antes del inicio de la película las luces de nuevo se encendían y un aviso invitaba a disfrutar la cafetería. Estaban, estuvieron siempre, las prohibidas. Algunas de Chapinero y por supuesto las del centro de la ciudad a las que se iba en gavilla para camuflar la vergüenza de quien estrena, torpe y tembloroso, su temprana hombría. Vaya un discreto homenaje para ese antro destartalado que, desdiciendo de su evidente ruina, se llamaba pomposamente el Imperio

Entonces ir a cine era mucho más que ir a ver una película; ver la película era, apenas, parte del ir a cine. La tarde entera se iba en el plan.  A uno el tiempo le corría de otra manera y en especial uno no corría contra el tiempo. Yo tengo la íntima certeza de que mi amor por el cine nació en esas tardes y, especialmente, en esas salas en las que, como en el título de la compilación de Javier Marías, todo ha sucedido. Hoy me parece difícil, respecto del cine, concebir un enamoramiento tardío. Es probable que alguien, ya después de los veinte años,  se aficione al cine, aprenda mucho de cine y llegue a ser incluso un erudito en el tema. Pero amarlo con los  desbordamientos  propios de la pasión solo puede ser el resultado de habernos hechos adultos a su lado. Es por eso que guardo y guardaré por siempre el recuerdo de esas salas mágicas en las que la realidad se interrumpía para darle paso a unas ficciones que con el paso del tiempo fueron amalgamándose con mi realidad para enriquecerla en el plano superior de mi íntima verdad.

Vino a cuento este sentido tributo a las viejas salas de cine porque hoy en Bogotá hay cierta y confortable uniformidad en esta materia. Con sus ínfulas hegemónicas los centros comerciales se han encargado de que las salas, en su gran mayoría, sean muy similares. Los Cinemas Paradiso de Tornatore son cosa del pasado. Ni siquiera el mundo de los niños  acontece como antes en las salas de cine. Hoy son, para bien y para mal, asépticas salas de proyección turbadas, cuando más, por el impertinente vibrar de un celular o por el chasquido del que no concibe ver una película sin una generosa provisión de crispetas.

Escapa de esta uniformidad, precisamente, el Cinema Paraíso del barrio Usaquén. Y escapa porque su concepto es distinto. Las sillas son unas confortables poltronas separadas las unas de las otras por unas pequeñas mesas en las que una acuciosa mesera deposita las cervezas y los capuchinos de los asistentes. La pantalla es elevada y pequeña lo que obliga a forzar un tanto el cuello para seguir la película. Pero quizás el mayor y supuesto atractivo de la sala siga siendo, a la usanza de los ya desaparecidos cine bares, la posibilidad de pedir, durante toda la proyección, un cafecito y, porque no, un crujiente croissant. A mi me perdonarán los aficionados a las crispetas, a los capuchinos y a los demás entremeses cinematográficos pero yo al cine voy, exclusivamente, a ver cine. Una cosa fue – y ya fue –  ese mundo abigarrado de aventuras infantiles que acontecía en la sala del barrio y otra, bien distinta, el penoso espectáculo de aquellos que no paran de comer o de hablar durante una película. El cine, en mi caso, invita al más absoluto silencio. Yo siento que el silencio es ante todo una prueba de respeto tanto hacia el otro que nos acompaña en la aventura de ver una película, como hacia la propia película que nos habla al oído esperando, por supuesto, ser oída.

Pues bien fue en el Cinema Paraíso de Usaquén donde vi, hace ya algunas semanas, Buscando a Eric. Las cosas comenzaron mal pues a un defectuoso sonido se le sumó el ruido intermitente de la máquina en la que se preparan expresos, lattes, capuchinos y demás variantes de nuestro italianizado café colombiano. Cuando la máquina se callaba una niña a mi lado preguntaba si el pedido que traía era para mi mesa y yo le contestaba que no y mientras tanto en ese tiempo sostenido del callarse la máquina, del preguntar la niña y del yo contestarle,  la película, ella también, avanzaba sin poder estar yo siguiéndola, sin poder estar yo, respetuosamente, oyéndola.

El problema se superó minutos después pero lo cierto es que tardé en conectarme con la película. Yo sugeriría que los cafés y sus ruidosas preparaciones sucedan antes de la proyección para que todos oigamos en silencio el cuento que se aprestan a contarnos. Es una manera de agradecer el gesto que el cine ha tenido con nosotros de sacarnos transitoriamente de una realidad para devolvernos a ella afrontándola, porque en algo cambiado, de otra manera.

Buscando a Eric es la historia de Eric Bishop, un hombre común (no sé si corriente y no sé tampoco porque para referirnos a algún anónimo, como lo somos tantos, decimos de él que es común y corriente) con una familia deshecha y con un oficio, el de cartero, que solo conserva del encanto con el que siempre se lo asocia, la sonoridad de su nombre. Su único solaz es el fútbol y, en especial, su afición por el ídolo francés Eric Cantona. Un día, un cualquier día, el gigantesco afiche de su ídolo cobra vida y de pronto Eric está en compañía de su famoso tocayo. A partir de ese momento no es que se teja una sólida amistad entre ambos. Lo que real y más mundanamente sucede es que dos hombres, con sus soledades y frustaciones, se encuentran para departir sus anhelos y sus miedos, para perpetuar esa deliciosa mentira de que una pena compartida es media pena.

La película tiene un ritmo ascendente. Al comienzo la trama no envuelve pero a medida que se avanza el fanatismo por el ídolo se convierte en una relación amorfa de seres expatriados que se cruzan consejos para darse cuenta, sin mayores avisos, que el otro es siempre una posibilidad abierta para ser mejores, para resignificar, incluso con gestos irrelevantes y anodinos, el sentido de nuestras propias existencias.

Buscando a Eric no es una de esas películas que simplemente entretiene ni es, tampoco, una de esas películas que deja huella lacerándonos o conmoviéndonos. Buscando a Eric es un ejercicio inteligente de burla y humanismo. Bishop es, en su pequeñez, un grande y Cantona (perdónenme la trillada inversión de términos) es, en su grandeza, un pequeño. La película logra distraernos con este juego cruzado de personalidades pero va, indudablemente va, más allá. Por ella desfilan esos seres humanos que somos nosotros mismos: anónimos, solidarios, fanáticos de algo y dispuestos, siempre dispuestos, a una cerveza fría entre amigos. En este punto tengo que decir que siempre me ha seducido el cine de los anti héroes; el cine de los olvidados, el fascinante cine de los marginales y los abandonados. Buscando a Eric es un homenaje a los mediocres, a los que no son bellos, a los que andamos por el mundo con el deseo, no de hacerlo mejor, sino de recogernos al final del día con el cansancio mundano de aquel que cree merecerse, hasta mañana, un sueño reparador.

Tal vez Buscando a Eric no perdure. Quizás sea justo y obvio que así sea. A fin de cuentas es una historia ordinaria que apela con discreción a una fantasía para recordarse a sí misma la enorme fragilidad de nuestras pretensiones de grandeza y perdurabilidad. De eso se trata, aunque a diario lo olvidemos, la aventura incierta de comenzar, hoy, un nuevo día.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.