Boyhood
Autor9
Autor reseña adicional10
A. Quintero (Dirección Distinta Mirada)10
H. Santana (Dirección Distinta Mirada)10
9.8Excelente
Puntuación de los lectores: (4 Votes)
9.3

TÍTULO ORIGINAL: Boyhood

OTROS TÍTULOS: Momentos de una vida

AÑO: 2014

DURACIÓN: 166 min.

GÉNERO: Drama

PAÍS: Estados Unidos

DIRECTOR: Richard Linklater

ESTRELLAS: Ellar Coltrane, Patricia Arquette, Ethan Hawke

CALIFIACIÓN AUTOR: 9.0 / 10

El paso del tiempo, o mejor dicho, el impacto que éste tiene sobre el ser humano, ha sido una de las temáticas más recurrentes y llevadas a análisis en las diferentes disciplinas artísticas. Así, desde el temporalmente obsesivo y controlador Conejo Blanco de Lewis Carroll, a La persistencia de la memoria de Dalí, los minutos se han presentado invariablemente como un elemento preciado, nostálgico y perturbador que juega un papel protagonista en el ciclo vital. Por este motivo nos resulta tan atractivo contemplarnos en nuestra evolución natural, como elocuentemente expresó un visionario Woody Allen en la sensacional La rosa púrpura del Cairo, antes de que la telerrealidad se convirtiera en fenómeno social. Tendemos a compararnos y compadecernos por los logros o fracasos ajenos en ausencia de los propios. Boyhood no es un reality show, no es una vida en directo como la de Truman, ni tampoco una versión degeneradamente amarilla realizada por la sociedad contemporánea adicta al opio —parafraseando a Marx— del distópico mundo orwelliano. Boyhood es meramente el simple reflejo de nuestra propia evolución biológica realizado, eso sí, mediante un complejo trabajo antropológico que estudia el comportamiento humano en las diferentes etapas de la vida.

Boyhood Momentos de unaResulta francamente alentador que todavía exista el factor sorpresa, que alguien se atreva a aportar algo nuevo y diferente al mundo del cine, por este motivo el trabajo de Richard Linklater es tan importante. Un inconformista, un adicto al más difícil todavía que juega a enfrentar al ser humano consigo mismo, desde sus recuerdos y secretos más ocultos (La cinta, 2001), hasta la inestabilidad de su propia corporeidad (Waking Life, 2001 y A Scanner Darkly (Una mirada a la oscuridad), 2006). Su estilo es narrativamente impecable, dotado de un lirismo asombroso cuya baza principal reside en la regresión al naturalismo, la espontaneidad de las acciones y la simplicidad de los diálogos, complejos no por su forma sino por su contenido. Su estudiadamente improvisada planificación le llevó a culminar en 2013 una de las trilogías más insólitas jamás creada (Antes del amanecer / atardecer / anochecer). Una historia dividida en tres actos separados, tanto ficticia como realmente, por nueve años, materializando pacientemente un claro ejemplo de ese paso del tiempo sin tener que recurrir a efectos de maquillaje o ningún tipo de analepsis. El único problema —si es que puede ser considerado como tal— es que el público crecía paralelamente a los actores, y seguía su participación en otros roles a lo largo de ese periodo, por lo que el impacto visual no resultó tan significativo. Algo que el director ha contrarrestado con esta cinta sin precedentes. Un trabajo incomparable y técnicamente único que se acerca más a una obra literaria que a cualquier otra película que hayamos visto previamente. Doce años rodando intermitentemente a un ritmo de un puñado de escenas por año, algo que le otorga una exclusividad y una valentía admirables y consigue ese espectacular efecto de avance lineal. Unos personajes que van cambiando gradualmente y se muestran ante nosotros como un reflejo de nuestra propia transformación, de la misma manera que mentalmente visualizábamos los estragos del tiempo en los miembros de la familia Buendía o en el héroe Ulises. La trama sigue a un niño de cinco años seleccionado por el director para interpretar el papel protagonista —interpretándose a sí mismo— por una simple decisión azarosa influenciada quizá por el determinismo genético que le garantizase que el pequeño Mason cumpliría sus expectativas.

Una arriesgada apuesta, para la que el realizador también ha contado con su propia hija, que interpreta el papel de hermana mayor en este reportaje gráfico correspondiente a doce años llenos de cambios, más de una década de rigurosa documentación histórica dominada por la secundaria re-evolución tecnológica y los conflictos sociales y políticos: La guerra de Irak, el Yes We Can y prácticamente todos los acontecimientos de principios de siglo. Secundarios en tanto que lo importante no son ellos como hecho individual y aislado, sino nuestra interacción y adaptación a un nuevo milenio que se presentaba ciertamente incierto; una vez más, percepción espacio-temporal. El sentido metafísico de la vida mostrado por primera vez de forma clara y entendible, mediante un uso ejemplar de la elipsis cuya grandeza reside en su discreción. La transición entre los saltos temporales es tan sumamente delicada que resultaría imperceptible de no ser por esos complementarios elementos externos, los cuales han sido tratados a su vez de tal manera que no rompieran con el fluir natural del filme. Los diferentes modelos de teléfonos móviles, ordenadores, mobiliario, incluso la pasión del protagonista por la fotografía, ha sido algo espontáneo y característico de esa etapa de descubrimiento personal. Elementos que sí aparecían en el guion, pero como un asterisco en el apartado de contingencias impredecibles, y que han ido escribiendo el groso contextual de esta monografía sujeta a una constante modificación. Como temáticas subsecuentes, dentro de la desestructuración familiar, encontramos un acertado mensaje feminista transmitido por Patricia Arquete en el papel de madre de Mason, una mujer que cae reiteradamente en malas decisiones amorosas, víctima del violento machismo patrimonial y hereditario en las parejas de clase media en la conservadora ciudad de Texas, sólo logrará escapar de su dependencia masculina gracias a la educación, y sin la ayuda de nadie más que de ella misma. Pese a ello, guardará un secreto resentimiento hacia su primer marido, y padre de sus hijos, que no supo asumir la responsabilidad necesaria en su día, pero que ahora construye junto a otra mujer una nueva vida bajo su mejor faceta de padre y esposo. Un sensacional Ethan Hawke que firma uno de los mejores papeles de su carrera y representa esa extremadamente prolongada adolescencia, que no terminará hasta que se deshaga de su flamante coche deportivo.

Hipnótico retrato, carente de edulcorados aditivos, de la cotidianeidad diaria de esa Gente corriente, que nos obligará a no apartar la mirada de la pantalla durante las dos horas y media de metraje. Para conseguir semejante expectación, Linklater aplica un ácido humor anti-conservador al guion de esta historia que recoge elocuentemente el testigo dejado por El árbol de la vida, mostrando la etapa cronológicamente consecuente —crecimiento— a aquella magnífica fase de creación filmada por Terrence Malick en 2011. Experimento científico cinematográfico que, tras 12 años de observación, por fin plantea los resultados que nos harán obtener unas conclusiones que quizá nos acerquen un paso más para comprender aquello que decía Proust con A la búsqueda del tiempo perdido.

Leer la reseña adicional de Roberto Galar E.

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