Blade Runner 2049
Andrés Quintero 7
LO MEJOR
  • La confirmación, por contraste, de la joya que es Blade Runner, la del 82
  • La fotografía de Roger Deakins
  • Su poderío visual
LO MALO
  • La confirmación, por contraste, de la joya que es Blade Runner, la del 82
  • La oposición entre una forma deslumbrante y un fondo confuso y opaco
7Buena

TÍTULO ORIGINAL: Blade Runner 2049

AÑO: 2017

DURACIÓN: 2h 43min

GÉNERO: Ciencia Ficción

PAÍS: Estados Unidos

DIRECTOR:  Denis Villeneuve

ESTRELLAS: Ryan Gosling, Harrison Ford, Ana de Armas, Jared Leto, Sylvia Hoeks

Voy a despojarme del guante blanco que supone escribir sobre una película como Blade Runner 2049. Guante blanco no por ella sino por su antecesora: la inmortal, opresiva , sublime, adorada y reverenciada Blade Runner del año 1982. La huella dejada por la película de Ridley Scott es de tal hondura que cualquiera cosa que pretenda su continuación, su réplica, su adaptación, su nueva versión o lo que sea que sea que lleve su nombre, se enfrenta a una comparación injusta, asimétrica y dolorosamente inconveniente. La cumbre alcanzada por Blade Runner es la prueba de unos de esos azares que propicia el encuentro fortuito y casual entre la genialidad, la oportunidad y la calidad. Su visión de un futuro asfixiante en el que la deshumanización de la tecnología revela los valiosos rescoldos de una humanidad desvalida es, a la vez que inquietante y apesadumbrada, soberbia y poética. Atreverse entonces a tocar ese mito cinematográfico pulido y deformado por los años, la desinformación, la veneración y la imaginación no era cosa de poca monta. Hay templos que solo permiten la adoración, cualquiera otra acción  podrá ser  tenida, justa o injustamente, como una  profanación.

Qué decir entonces del atrevimiento del canadiense Denis Villeneuve de medírsele, por el costado que se le quiera ver, a este ícono? Lo primero, lo incuestionable, es que BR 2049 es un trabajo meticuloso, impecable, casi lujoso. Su poderío visual es aplastante, su fotografía es soberbia y su tono de reminiscencia es , por estudiado, indudablemente acertado. Como producción es una maquinaria cuyas escenas, a manera de engranajes, encajan a la perfección. El continente de BR 2049 es avasallador y denota la maestría , ya certificada en joyas como Incendios (2010) y La llegada (2016), de Villeneuve. Pero una cosa es el continente y otra el contenido. Aunque el símil es engañoso, sirve para expresar que a veces el pulimiento en la forma no necesariamente lustra el fondo. Si el continente de BR 2049 es una suma de genialidades y destrezas tecnológicas, su contenido es confuso y disperso. Fueron tan cuidadosos Villeneuve y sus guionistas en ese complejo balance entre el in memoriam y la búsqueda de un acento propio, que terminaron sustrayéndole a la historia los rasgos descriptores de su personalidad.

Desde su primera escena la película anuncia el tono denso que la recorrerá de principio a fin, un tono que, como dirían los españoles, dificulta su visionado . Y no es solo el aspecto visual sino el propiamente argumental. La historia, al igual que el ambiente en el que se desarrolla, no es claro y todo eso termina fatigando a un espectador que se siente obligado a sentir que la confusión es una manera de emular y reverenciar la película del 82.  Si a lo anterior se le suma una proyección que se acerca a las tres horas, el asunto resulta, por maratónico, extenuante.  Hay distintos tipos de densidad y la de la Blade Runner 2049 es totalmente distinta a la de la película del 82.  Mientras que la primera hunde y confunde, la segunda azora pero a la vez cuestiona y estimula.

El resultado final es una película de confección impecable e impactante pero, de alguna manera, huérfana de contenido y es en eso que se aparta, años luz, de su antecesora.  Lo que tiene – y le sobra – a la  Blade Runner del 82 es alma , desasosiego, asfixia atmósferica y espiritual. Todo eso lo expresó  Scott en su afortunado momento sirviéndose de una forma,  la ambientación misma de esos Angeles en el 2019,  que termina diluyendo magistralmente la frontera entre forma y fondo.  Es verdad entonces lo que dicen algunos cuando afirman que la forma termina moldeando el fondo y que es el fondo, en una reciprocidad permanente, el que también termina haciéndose  forma.  Esta simbiosis entre fondo y forma solo se da cuando se conectan esencialmente para conformar una unidad inseparable.

En Blade Runner 2049 no se logra esa conjunción entre continente y contenido porque toda la atención se vuelca sobre una superestructura fascinante que se quiere conectar con un fondo que la justifique. Y es en este intento de conectividad entre forma y fondo donde el trabajo de Villeneuve no encuentra cables y se queda en la espectacularidad, hueca, del entramado.

Por sus quilates como director, por su obra misma, estoy seguro que el director canadiense nunca quiso conformarse con un aparataje formal, vistoso y llamativo. Menos aún habiéndosele medido  al desafío de bajar del estante un ícono como la Blade Runner del 82. Sin duda,  esta nueva versión también le apostó a que toda esa espectacularidad estuviera al servicio de una historia sólida y de un mensaje perdurable. Pero fueron  el deseo de  eludir la copia burda y la tentativa de reinventarse lo ya inventado , los que hicieron que  Blade Runner 2049,  termine, muy a su pesar y en contravía de propia valía,   revalidando y acrecentando el valor de su inigualable antecesora.

 

Sobre El Autor

Andrés Quintero M.
Dirección Distinta Mirada

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