Big Eyes
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OTROS TÍTULOS: Big Eyes – Retratos de una mentira

AÑO: 2014

DURACIÓN: 106 min

GÉNERO: Drama

PAÍS: Estados Unidos

DIRECTOR: Tim Burton

ESTRELLAS: Amy Adams, Christoph Waltz, Danny Huston, Jason Schwartzman, Krysten Ritter

 

EEn el cine el anuncio inicial de que se trata de una historia verdadera, de una true history, siempre me genera recelo y desconfianza. Se nos advierte que lo que se va a contar pasó de verdad, como queriéndosenos decir que no habrá espacio ni para la imaginación, ni para la ficción, ni para la fantasía; que lo que se avecina es la reproducción de un hecho que sucedió y que, por la razón que fuera, merece ser recuperado y recordado.

Con un anuncio así empieza Big eyes y uno no puede dejar de pensar en lo poco que se amolda al rigor histórico el desborde creativo, irreverente y genial, de su director Tim Burton, gancho indudable de esta película. Acostumbrados a su mente transgresora, delirante, inconforme y estéticamente bella, lo que se piensa cuando se nos anuncia que Big eyes se basa en una historia verdadera, es que a partir de un hecho cierto Burton habrá de armar una de sus excentricidades fascinantes. Y no pasa así. Con el inevitable relativismo que se desprende de cualquier visión humana, Big eyes es, sin distorsiones estrambóticas, la historia real de Margaret Keane (Amy Adams) una mujer que huye de marido para reencontrarse con la pintora que en realidad es pero que por los libretos sociales de la época (finales de los cincuentas y comienzos de los sesentas) nunca ha sido. En su escape de reencuentro se topa con otro pintor, Walter Keane (Christopher Waltz) de quien se enamora y quien, ante la éxito de los cuadros de ella y sin ningún reato de conciencia, se ofrece a promocionarlos engañosamente como si fueran suyos y así lograr el reconocimiento oculto del gran talento de su mujer y, de paso, asegurarse y asegurarle a pareja que han conformado un confort económico y un status en el turbio, egocéntrico y muy competido mundo de los artistas. Lo mío es mío y lo tuyo de los dos, es el slogan de un Walter que pretende ser un encantador siendo apenas un vulgar embaucador.

Big Eyes AficheA medida que la película avanza – y avanza bien y sin mayores tropiezos – uno se da cuenta que en esta oportunidad Burton no está, como bien sabe hacerlo, para trastornarlo todo y llevarlo a otros planos en los que la frontera entre demencia y cordura se desdibuja. Podría pensarse, benévolamente, que prefirió un tono más moderado y cauto; que optó esta vez por la reflexión en torno a un medio machista que hace cincuenta años condenaba a las mujeres a no ser más que las mujeres de alguien, a ser, realzándole siempre como centro,   satélites de un hombre. Sin embargo no hay tal tono y aunque la película se deja ver con agrado, la genialidad de su director brilla por su ausencia. El Burton de Ed Wood (1994) o de Big fish (2003) se fue de vacaciones. Merecidas quizás pero lo cierto es que Big eyes no tiene esa impronta sorprendente y desestabilizadora de sus otras películas. El único destello burtoniano aparece en una escena donde Margaret en el supermercado ve como vendedores y clientes  también tienen esos grandísimos ojos que ella le pinta en sus cuadros a una legión de niños tristes y abandonados. Con una ambientación sesentera que ya de tan conocida dejó de sorprender, la historia de Big eyes transcurre sin mayores conmociones. Para privilegiar, a mi juicio de manera innecesaria, la actuación de Waltz, la película desaprovecha el tema de lo que es y de lo que no es una verdadera creación artística y se dedica a seguir los devaneos de un hombre esencial y pobremente narcisista.

De Ami Adams y de Christopher Waltz hay que decir que brillan más por los actores que son que por sus propias actuaciones. Cuando se alcanza algún prestigio y cuando ya la simple cara es un pasaporte infalible de entrada, el actor o la actriz de fama a veces se recuestan en su trayectoria y le dejan más de lo que debieran al editor, a la cámara y, por supuesto, al público ferviente.   Personalmente creo que en esta oportunidad  la Adams supera a su compañero  porque su personaje, recatado, temeroso y tímido le pide mucho más para lograr la transmisión de su impotencia y su rabia. A Waltz en cambio le dieron el rol que conoce y domina: aquel del hombre caballeroso y malévolo capaz de pedir ceremoniosamente permiso para clavar un puñal y agradecerle luego a la víctima con una despiadada sonrisa. Waltz debe andarse con cuidado porque este papel que lo hiciera tan justamente famoso en Malditos bastardos (2009) y en Django Desencadenado (2012), ambas bajo el comando del  gran Tarantino, está sonando ya como disco rayado.

En algún pasaje de la película en el que Walter discute airadamente con un crítico si los cuadros de Margaret son arte o son apenas láminas o dibujos que le gustan al común de la gente, este le vocifera a aquel que el arte es tal no porque agrade a su público sino porque eleva y al elevar a quien lo aprecia, termina igualmente agradándole. La sensación un tanto equívoca que queda después de ver Big eyes es que Margaret Keane tenía – y tiene porque aún vive – un enorme talento artístico que su malhadado esposo sepultó durante años bajo una tonelada de dibujos de niños con ojos grandes que se vendían a borbotones porque a la gente le gustaba su estereotipada ternura. Big eyes agrada pero no eleva y entro lo uno y lo otro hay una enorme diferencia.

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