Baby: El aprendiz del crimen
Andrés Quintero8
LO MEJOR
  • La música
  • El personaje de Baby: un secundario que se apropia de todo y lo resignifica todo
  • La música
LO MALO
  • En la segunda mitad, algunas fisuras del guión
8Muy buena

TÍTULO ORIGINAL: Baby driver

AÑO: 2017

DURACIÓN: 1h 55min

GÉNERO: Acción, Comedia

PAÍS: Reino Unido

DIRECTOR:  Edgar Wright

ESTRELLAS: Ansel Elgort, Lily James, Jamie Foxx, Jon Hamm, Kevin Spacey, Eiza González

En esta misma página y refiriéndome a otra película, dije de ella que su principal defecto fue creer que dos actores de alto renombre y un enrevesado planteamiento sobre la sempiterna confrontación del bien y del mal, la harían escabullirse del grupo, ciertamente divertido, de las películas que funcionan bien como antidepresivo, los domingos al caer el día. Al fallar en este intento de fuga, la película no fue ni lo que aspiraba a ser ni aquello que, sin tales ínfulas diferenciadoras,  hubiera podido ser.

La apuesta a la que se le midió el  director inglés Edgar Wright con  Baby driver tiene que ver con lo que acabo de recordar.  Baby driver pudo ser perfectamente un espécimen más del  denominado género  de acción. Piensen en persecuciones de  carros  que eluden a centenares de radiopatrullas desafiando todo tipo de leyes, la de la gravedad una de ellas . Agreguénle a los bólidos de cuatro ruedas, maletines repletos de dólares habidos no propiamente con el sudor de la frente, infinitas ráfagas de balas y, tan o más peligrosa que las mismas balas, una mujer escultural a la que no pueda llamársela de otra forma, en honor a la verdad,  que no sea darling. Esto pudo ser Baby driver y más de uno se la habría aplicado como justa y suficiente dosis para la depresión vespertina de los domingos. Pero a diferencia de su colega, Wright sí supo desestabilizar el orden tan encantador como  hueco de  las películas de acción y sirviéndose de todo el entramado típico de los motores bramando y la aspersión indiscriminada de plomo, introduce un elemento genial que atrae la atención del público : el carro en el que se perpetran las fechorías es conducido por un joven con la mayoría de edad apenas estrenada. Por ahora nada nuevo, ningún desvío de la ruta conocida hasta que se sabe que el audaz chofer tiene la peculiaridad de estar noche y día enchufado a su colección de  IPods (fantástico tributo de Wright a este aparatico que ya superó los quince años) ,  por una mezcla que combina devoción musical y  un tinnitus que lo hace oír – y sentir – un zumbido permanente en su cabeza.  La única manera de acallarlo es con torrentes continuos de música filtrados a través  de ese emblema universal que son los audífonos blancos.  El chico no solo conduce magistralmente movido por estas inflitraciones musicales en su cabeza, sino que a su vida toda la acompasa con los ritmos que no para de escuchar.

Esta idea de un joven encriptado en su mundo musical a partir del cual vive, recrea, sueña, reciente e imagina todo cuanto le rodea, es el elemento diferenciador que hace de Bay driver un trabajo distinto que toma prestado de sus congéneres el ritmo trepidante de las persecuciones, la adrenalina pasajera de las balaceras despiadadas y el inconfundible estilo de una banda de maleantes que repite, sin rubor alguno, los estereotipos  burlescos de los distintos tipos de malhechores. Pero con todo y esta descarada valija de préstamos, la película de Wright no se queda en ellos sino que los reconduce a través de este singular personaje que de manera imperceptible pero a la vez contundente logra que la atención no se agote en el robo, o en la huida, o en la escapada sino que se reconduzca  hacia la construcción de un mundo que Baby  (Ansel Elgort) perdió cuando era niño y del que solo le quedó ese zumbido  asociado con recuerdos  de pérdida y dolor y una conexión existencial con la música de sus IPods que le permite articularla con aquella otra música inaudible que suena en cada situación, en cada ser y en cada cosa.

Por todo lo anterior Baby driver es mucho más, siéndolo a reventar, que  una entretenida película de acción.  Es un trabajo que entremezcla, con justas dosis de humor negro, el vértigo de la película tradicional de este género con  una historia  personal, más que de amor,  metiéndole personalidad,  línea propia y ambición de propósito  a esa adrenalina  tantas veces hueca de los carros que revientan velocímetros y  de las balas, que como lluvia inclemente, parecieran regarlo todo.

Un heterogéneo pero muy sólido reparto entendió bien que la idea de Wright era evitar estrellatos;  la idea era, bien por el contrario, lograr un trabajo de equipo para que el peso de la historia recayera sobre ese personaje singular que sin casi hablar y con una muy medida expresión corporal, logra desplazar hacia él todo el peso gravitacional de la película. Aplauso cerrado para  Ansel Ergot y aplauso también para el resto del elenco.

Pero antes que nada y después de todo, Baby driver es sobre todo música.  Sus escenas  están coreografiadas por la música y aquí se hace aún más evidente el cuidado – riguroso, gustoso y extremo – de Wright en este aspecto. Fue de la canción con la que empieza la película, Bellbottoms de The Jon Spencer Blues Explosion,  de la que el  propio Wright sacó la idea con la que luego armaría Baby driver. Suenan, entre muchos otros,  Ennio Morricone con Segundo intermezzo pop,  Simon y Garfunkel con Baby Driver, Queen con  Brighton Rock, Dave Brubeck con Unsqueare dance  y James Brown con I got the feelin.  Cada cual tiene su manera de ver y vivir la vida .  Baby sentía que al ser de cada cosa lo completaba alguna canción hecha siempre a su justa medida.

 

Sobre El Autor

Andrés Quintero M.
Dirección Distinta Mirada

Dirección Distinta Mirada

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