Argo
Autor8
H. Santana (Dirección Distinta Mirada)7
7.5Nota Final
Puntuación de los lectores: (2 Votes)
3.9
Yo  creo que uno es,  para bien y para mal y en su entraña más esencial,  el que se forjó  entre los catorce y los veinte años. En mi caso esos siete u ocho años transcurrieron  en la década de los setentas. Eso me convierte, al amparo de tan amañada y cuestionable afirmación, en un hombre de los setentas. Eso no quiere decir nada pero a la vez dice mucho. Dice, por ejemplo, que llegué tarde al esplendor de los Beatles y que durante  mi adolescencia siempre estuvo en las primeras planas noticiosas la guerra de Vietnam.  Mi televisión de esos años tiene la impronta imborrable de series como Kojak, Baretta, Los Angeles de Charlie y, cabía de todo, La Familia Patridge.  En el cine el sello lo pusieron películas como El Padrino (I y II), Rocky, el Cazador y la inolvidable Atrapado sin salida. Me enamoré por primera vez  en los setentas, en los setentas escribí mi primer cuento; fue entonces cuando por primera vez me emborraché  y fue también en los setenta cuando dejé el colegio y entré a la universidad. Por todo lo anterior pero especialmente porque quiero serlo, soy un tipo de los setentas.
Argo, la última película del director y actor Ben Afflek, es una cinta que recoge, recrea y se devuelve a los setenta. Y lo hace no solo porque el hecho narrado – la sacada de Irán de unos diplomáticos estadounidenses que huyeron de la toma de la embajada americana de Teherán – haya sucedido en el año 79, sino porque todo en ella resuma y retrata el estilo imperante en esa curiosa década. Sin duda es una necedad decir, con pretensiones globales y universales,  que en esos años hubo, no importa donde se centrara el foco de análisis, un estilo dominante o una forma única de encarar el sentido de la vida.  Sin embargo sí es posible resaltar de cada momento histórico la o las líneas que en él sobresalieron y que marcaron una suerte de sendero fácilmente reconocible con el paso del tiempo. Los setenta  fueron, a la vez que  la sobria resaca de los sicodélicos sesentas, también la inmersión reflexiva en un mundo que aprendió a estar en guerra sin estar verdaderamente en ella o no al menos bajo la vivencia bélica de las dos grandes confrontaciones mundiales.  Los setentas no tuvieron ni el confort ni la ligereza de los ochentas y lejos estaban de la invasión tecnológica  que luego lo infectaría todo. Los heroísmos de los que siempre se ocupan las artes – el cine entre ellas –  fueron, en los setentas,  más humanos y por lo mismo más  auténticos, elementales e ingenuos.
El primer punto a favor de Argo es la recreación perfecta  de un hecho histórico cuyo desenlace tuvo tanto de  ceremonia dramática como de comedia irónica. El segundo acierto de Argo es la tensión y la expectativa que desde un inicio siente el espectador. El anacronismo de la aventura no solo no le resta brillo a la operación de rescate,  sino que se le usa para reivindicar la genialidad primaria de su concepción. Aunque el final se sepa –  o se presienta – , la fuerza expectante se mantiene hasta el final y cuando este llega vuelve a sentirse, yo volví a sentirlo, ese saborcillo en la boca, artificial y pasajero,  del triunfo de los buenos. Un tercer acierto lo concreta el equipo actoral. Más que el destello aislado de uno o varios de los miembros del elenco, lo que el grupo logra es un historia convincente que pese a su tensión se permite, con buena mesura, pinceladas de humor.  Sin duda Cranston, Arkin y especialmente  Goodman son mejores actores que Afflek; sin embargo no hay  desequilibrio en esta materia y es quizás la propia dirección de Afflek la que logra, como en todo buen equipo, que las estrellas iluminen el conjunto.
El tono de la película  es impecable. Su armazón técnica es contundente y la recreación ambiental de la época es simplemente soberbia. Podrá decirse que Afflek se quedó cortó al apoyar en una estructura tan sólida una historia que, pudiendo haber eludido las trampas del thriller tradicional, termina siendo una historia amañada de héroes y villanos de final enteramente predecible y a  la que la debilita un desenlace que parece llevarse por delante toda la credibilidad que hasta ese momento la película había construido.  No lo creo así. Por el contrario creo que el final de Argo es el que es, no por una malentendida fidelidad histórica ni, mucho menos, por un desliz marca Hollywood de última hora, pero sí por una coherencia estilística.  La película tenía que conservar, hasta y especialmente en su final, ese tono setentero de un cine americano que tantas veces  relativizó la gravedad de los conflictos, camuflándola tras la bandera triunfal y ondeante  de los Estados Unidos.
Argo tenía que tener un final con climax de angustia para redondear la faena de  Afflek; Argo  tenía que terminar con impulso emocionado de aplauso y así termina. Eso en nada la demerita. La completa. La sincera con su propia falsedad. En un escenario plagado de apabullantes tecnologías es reconfortante encontrarse con una película como Argo. No es una mirada nostálgica hacia los setentas; es la comprobación de que la estética de  esta década, su lenguaje y  su comprensión del mundo, siguen vigentes.

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