Amantes por un día
Andrés Quintero7
LO MEJOR
  • El blanco y negro. Inagotable.
  • Su sincera discreción
  • El cine francés sigue buscando su propio lenguaje
LO MALO
  • El cine francés sigue buscando su propio lenguaje
7Buena

TÍTULO ORIGINAL: L´amant d´un jour

AÑO: 2017

DURACIÓN: 1h 16min

GÉNERO: Drama

PAÍS: Francia

DIRECTOR:  Philippe Garrel 

ESTRELLAS:  Eric Caravaca, Esther Garrel, Louise Chevillotte, Paul Toucang, Félix Kysyl,Laetitia Spigarelli

Un inusual ménage a trois nos plantea el director francés Philippe Garrel en Amantes por un día, la película que cierra la que él mismo denominara su “trilogía de los celos”y que tuvo como antecesoras  a La jalousie (2013) y   L´ombre des femmes (2015) .  Inusual porque a diferencia de los triángulos tormentosos en los que sus integrantes terminan tan exaltados como abatidos por sus amores entrecruzados, en la película de Garrel el trío lo conforman padre, hija y la joven pareja del primero.  Jeanne (Esther Garrel) es la hija que regresa a casa de Giles (Eric Caravaca), su padre,  luego de haber roto con su novio.  En este retorno forzado Jeanne se encuentra con  Ariane (Louise Chevillote) ,  alumna y ahora pareja de su padre.  Hija y compañera tienen la misma edad.

De esta atípica convivencia irán surgiendo sentimientos inesperados. Jeanne y Ariane terminarán convirtiéndose, al amparo de su contemporaneidad, en cómplices y confidentes.  Giles a su vez se irá dando cuenta, incluso en contra de su propio discurso liberal y libertario, que su ideal de convivencia en pareja está edificado sobre un principio de respeto y, entiéndasela como se la quiera entender, de fidelidad. Ariane por su parte comprenderá, a precio de desazón y lágrimas,  que más allá de la admiración, la seguridad  y el deseo, la relación de pareja está ligada a una sincronización de momentos.

Amantes por un día  es un asomo, en tono parisino, a esa aparente imposibilidad de un amor sensato y perdurable. El apartamento de Giles evoca las descripciones de Cortázar en Rayuela: apartamentos estrechos en los que sus habitantes  fuman, oyen discos de Vivaldi, hacen el amor, fríen huevos y vuelven, incansablemente, a hacer el amor. Así es el espacio en el que Garrel monta su trama y el que le sirve para enhebrar – o desenhebrar –  los hilos de la relación amorosa, particularmente, los hilos de los celos, la sexualidad,  el respeto y la fidelidad.

El valor de Amantes por un día es, no su superficialidad, pero sí su levedad. Giles no embarca al espectador en una fatigosa travesía de tipo sicológico, ni tampoco intenta a lo Woody Allen intrincadas disertaciones acerca de la relación de pareja. Lo suyo es más bien una mirada, directa y delicada a la vez, que se posa sobre las relaciones sentimentales que sus protagonista inauguran y viven con la serena y casi feliz certeza de  su inminente extinción.  El contraste de perdurabilidad lo marca, por oposición a la romántica, pasional o amorosa, la relación filial. A los amantes se les ve llegar, estar y luego pasar. Los hijos y los padres, no importa las circunstancias, diferencias o distancias, siempre estarán.

 

La película de Garrel se recuesta, realzándolas con su bello blanquinegro, en unas tomas de esa otra París, la que no se turistea sino que se vive, la menos esplendorosa pero, por ello mismo, la más  enigmática y fascinante. Sin perder naturalidad, sus diálogos tienen peso y transmiten una indefinible y un tanto áspera  sensación de autenticidad y realidad.  Acostumbrados como estamos a que las relaciones amorosas nos las muestren desde ángulos, para bien o para mal,  deformados y amañados, algo nos incomoda cuando todo pierde ese esplendor y nos es presentado sin maquillajes, sin ideales, sin ensoñaciones envueltas en pompas de jabón.  El sinceramiento de Giles, su preocupación por una estética al servicio de seres comunes y corrientes, su sensibilidad con la cámara (la escena del baile al que van las dos amigas es notable) y una música bien elegida hacen que  Amantes por un día escriba, quizás no un capítulo de la comedia humana, pero sí unas muy válidas líneas sobre nuestro, tan fértil como infructuoso,  deseo de ser felices al lado de otro.

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