Agua Para Elefantes
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TÍTULO ORIGINAL: Water for Elephants

Me voy de frente contra la intelligentzia cinematográfica para decir que me gustó Agua para elefantes. Así, sin más, me gustó. Me gustó la adaptación que logró el guionista Richard Lagravenese de la aclamada novela de Sara Gruen y me gustó también su ambiente circense de los treinta como marco para una predecible historia de amor. Lamentable y afortunadamente conozco esas razones por la cuales, con el pasar de los años, lo que antes nos zarandeaba al punto de la conmoción ahora nos parece banal, demasiado obvio o, para usar una palabra muy propia del argot cinéfilo, palomitero.

Fui a ver Agua para elefantes con mi hija de trece años y con dos de sus compañeras de clase. Sobra decir que a las tres les fascinó porque la película tiene esa magia imprecisa de los circos andantes, de esos circos que ninguna de ellas conoció pero cuyo encanto no precisa de conocimientos previos. En Agua para elefantes se dan cita, encerrados en vagones andantes, los personajes arquetípicos del circo: el enano, el león anciano, los trapecistas y, ocultos todos bajos toneladas de maquillaje, los payasos y esas tránsfugas bellezas que afloran y se marchitan bajo el cielo próximo de una desvencijada carpa.

Nos dejan de gustar aquellas cosas que antes nos estremecían porque un impreciso día nos embarcamos en una travesía que tiene tanto de aprendizajes como de desaprendizajes. Creemos, con y sin razón, que el juicio se nos ha ido refinando y que esa refinación nos obliga a abandonar los gustos elementales y primarios que alguna vez tuvimos. Eso pasa, a salvo de ciertas ilustrísimas excepciones, con la literatura, con la música, con la pintura y por supuesto con el cine.  Muchas de las películas que se nos incrustaron en el alma cuando teníamos quince o menos años hoy nos parecen, cuando más, mediocres divertimentos a los que apenas si los salva la compasión del recuerdo. Hemos ido, eso creemos, aprendiendo a ver cine pero lo cierto es que también hemos ido desaprendiendo a verlo. Está bien el habernos llenado de claves y herramientas para apreciar una buena película pero está mal que la víctima de ese atiborre sea la emoción primaria que siempre debe depararnos la aventura de sentarnos frente a la pantalla grande. Quizás hayamos aprendido a diferenciar aquella película que solo nos deja una entretención pasajera de aquella otra que esculpe su historia con cinceles de perennidad. Y eso está bien. Pero quizás no debiera estarlo al punto de privarnos de esa ingenua desprevención con la que a los trece años, los trece años de Gabriela, nos embarcamos en la travesía interminable del cine. Habrán de quedar en un estante privilegiado esas pocas películas que estremecieron nuestra emoción más auténtica y primaria y que lograron hacerlo a partir de un relato sólido, apasionado y muy bien contado. Esas son las obras de arte, esas son las películas imprescindibles.

En Agua para elefantes Francis Lawrence su director logra una historia amable que supera, quizá no con holgura pero sí con un innegable encanto, la mera entretención. Pattinson, ídolo de la muchachada por la zaga crepuscular, es ahora un joven veterinario que trabaja como veterinario en el circo de los hermanos Benzini. Es allí donde conoce a Marlena (Reese Witherspoon) de quien – y quien no – se enamora perdidamente. El inconveniente es que ella es la esposa de August (Cristoph Waltz) el mismísimo director del circo. Un hombre con delirios celotípicos que explota sin compasión a sus colaboradores sean estos hombres o animales. Esta historia le es contada a un par de desconocidos por el propio  veterinario quien ya viejo y agradecido la rememora.

La trama, hay que decirlo y reconocerlo, avanza sin mayores sorpresas y va develando como era de esperarse que el amor lo puede todo, que no hay barrera para aquellos que se quieren y que siempre es posible reemprender el camino si de veras es el nuestro. Todos esos lugares comunes y almibarados se dan cita en Agua para elefantes pero es, también hay que decirlo y encomiarlo, un encuentro amable en el que la fantasiosa mentira de los circos se entremezcla con la historia un tanto forzada de dos bellos a los que la vida reúne en torno a una elefanta que se convertirá, para hablar en terminología de animales,  en su pata de conejo.

De la pareja protagonista hay que decir que la conforman dos bellos pero no siempre dos bellos hacen una bella pareja. El cine está lleno de ejemplos de bellos que nunca llegan a acoplarse, de bellos que no logran esa sintonía, esa suerte de complicidad que siempre emana de las parejas bellas. Hay en cambio, tanto en la vida como en el cine, aquellos que sin ser tan bellos alcanzan la mejor expresión de su belleza junto al otro con quien conforman una pareja cuya belleza surge del encuentro, del complemento que se le ofrece y a la vez ofrece el otro. Pattinson y Witherspoon brillan pero no se encuentran, atraen por separado pero no como pareja.

Mención aparte merece Waltz. Su papel es sobresaliente pero es muy parecido al que hiciera en la inolvidable Bastardos sin gloria de Tarantino. Waltz corre el riesgo propio de toda interpretación magistral: encasillarse en ella y ser por siempre, con leves variantes, el mismo personaje que en su momento mereció el justo reconocimiento tanto del público como de la crítica. Ojalá veamos pronto a Waltz en un papel completamente distinto que le permita demostrar su versatilidad actoral.

Quizás nos pase con Agua para elefantes lo que nos pasa con los desvencijados circos de pueblo, que nos gustan más por sus flaquezas que por sus deslumbramientos; que los queremos más por su decadencia repleta de reminiscencias que por la fascinación siempre etérea de su fugaz belleza.

Uno felizmente nunca vuelve a los trece años ni a ningunos otros que no sean estos, a los que no se vuelve por estar en ellos, que hoy tenemos. Eso no nos impide de cuando en vez darnos un chapuzón refrescante en las aguas despreocupadas de la emoción. Agua para elefantes es una oportunidad recomendable para hacerlo.

Nota : El trailer de Agua para elefantes tiene un agradable tono que provoca; a la nostalgia del ambiente circense se le entremezcla cierta sensualidad disfrazada de misterio o, quizás, cierto misterio disfrazado de sensualidad. Juzguen ustedes.

 

Sobre El Autor

Andrés Quintero M.
Dirección Distinta Mirada

Dirección Distinta Mirada

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