Ágora
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Por su puesta en escena, por su bien lograda ambientación  y especialmente por su aparente tema – las violentas imposiciones de un cristianismo naciente que arrasa con la cultura, racionalista y a la vez pagana, de un imperio decadente –  Agora, la última película del director español Alejandro Amenabar (Tesis, Abre los ojos, Los otros, Mar adentro) tenía todas las credenciales para presentarse como una de esas epopeyas cinematográficas. Pero no fue así.  Sin saberse si Amenabar optó por otra cosa o si esa otra cosa fue el resultado inesperado de su trabajo, Agora es, contada en un escenario pomposo y grandilocuente,  la  historia de una mujer – la astrónoma Hypatia – cuyo único anhelo era entender como se desplazan los planetas. A su lado su esclavo Davo incuba un amor imposible que lo llevará de la esclavitud a la liberación y de esta a la conversión hasta terminar en un inusual acto de amor y redención.
El haberse concentrado en un personaje de estas características le quitó a la historia su impulso vital y , desde el punto de vista narrativo,  la despojò de una trama que estaba llamada a logros mayores.
Imposible negar el encanto del personaje central pero posible y también necesario decir que  Hypatia y  sus compañeros de historia no tienen, como en aquel entonces los astros y los planetas,  bien definido su rumbo.  La ausencia de un nudo dramático que le de sentido a los seres y a las situaciones que lo conforman, se traduce, en el caso de Agora,  en una sensación de desaprovechamiento y desperdicio.

La icónica Alejandría y su aún más emblemática biblioteca se quedan a mitad de camino y el espectador solo se pregunta si habrán sido maquetas o los ya no muy deslumbrantes diseños de computador.

El fatuo tradicional de estas películas de época (confrontaciones de miles, majestuosos derrumbamientos, coliseos o ágoras atestadas de gente…) debe servir de marco a historias de similar talante. Cuando, como en Agora, ello no sucede así, esa parafernalia escénica se vuelve un entramado artificial que, por su inoportuna grandilocuencia, le resta protagonismo al núcleo de la historia.

Es de reconocer en todo caso el buen lente de Amenabar. Buen lente tanto desde un  punto de vista técnico, como desde una perspectiva argumental.
Del primero de ellos se sirve el español para mostrarnos, desde el espacio y con un sistema de aproximación satelital al estilo Google Map, la legendaria Alejandría; lente aéreo del que también se sirve para captar las confrontaciones de credo entre paganos, cristianos y judíos mostrándonolos como hormigas en diáspora, mostrándonolos como lo que real y fatalmente fueron.  Con este juego del lente omnímodo  que es capaz de enfocar el globo terráqueo y pasar luego a la estulticia humana que mata para imponer, paradójica y contradictoriamente, sus dioses únicos, la película transmite esa inquietante desazón de una humanidad condenada a su propia soberbia, es decir, a su propia torpeza.
Y del segundo lente, el argumental,  se vale Almenabar para poner nuevamente sobre la mesa  esa aberración que es , y será por siempre, la imposición ¨- sangrienta o pacífica, calculada o ciega –    de un credo, de una ideología o, simple y llanamente, de una manera de ver y entender esta vida.  Puede ser que la forma con la cual se abordó este tema en Agora  resulte, por enfadada y apasionada, superficial y sesgada.  Sin embargo siempre vendrá bien que se nos recuerden las infamias de las que hemos sido capaces arropados por las túnicas o por las banderas de unas verdades que se quieren únicas y reveladas.
Amenabar quiso con Agora tejer un entramado al que concurrieran los conflictos religiosos de una época, el temperamento altivo y valiente de una mujer y la fuerza devastadora de un amor no correspondido. Todo ello contado desde una perspectiva racionalista que responsabiliza al hombre de sus aciertos y sus desatinos y, por ende, de su propio destino. De ese tejido se salvan muchas puntadas pero como conjunto solo queda una historia plana de esas que obligan a construir reflexiones y no de aquellas otras que, tan sólo viéndolas, zarandean nuestra condición humana.
Nota final: Los cortos de las películas siempre tienen un ritmo trepidante y sugerente que invita a verlas. De eso se trata y para eso son. Sin embargo algo va de esos collages muy bien logrados y casi siempre muy bien musicalizados que son los cortos, a las películas que promocionan. El trailer de Agora insinúa esa fascinante historia  que la película nunca llegó a contar. Verlo es, en todo caso, un buen gusto.




 

Sobre El Autor

Andrés Quintero M.
Dirección Distinta Mirada

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