Adiós entusiasmo
Andrés Quintero5.5
LO MEJOR
  • Su formato y fotografía
  • Su intención de innovar, de transgredir
LO MALO
  • Inabordable
  • Lo reducido de su público objetivo
5.5Regular

TÍTULO ORIGINAL: Adiós entusiasmo

AÑO: 2017

DURACIÓN: 1h 19min

GÉNERO: Drama

PAÍS: Argentina

DIRECTOR:  Vladimir Durán

ESTRELLAS: Camilo Castiglione, Laila Maltz, Mariel Fernández, Martina Juncadella,Rosario Blefari, Valeria Valente, Verónica Llinás, Vladimir Durán

Original?, excéntrica?, disparatada? extraña?, extravagante?, enormemente aburrida?, impredecible?, claustrofóbica?  Vaya uno a saber. A la coproducción Colombo argentina Adiós entusiasmo, dirigida por el   bogotano Vladimir Durán, le pueden encajar uno, varios o todos estos adjetivos.

En una ciudad cualquiera – Buenos Aires es apenas una circunstancia en Adiós  entusiasmo – , Axel, un niño introvertido y sensible, vive en un apartamento con su madre y sus tres hermanas. Mientras que él tiene diez años, sus hermanas ya abandonaron los melindres de la infancia y la adolescencia.  Hasta aquí podría tratarse de un cuadro familiar medianamente normal, es decir, con las satisfacciones y las disfuncionalidades propias de la convivencia soportada en las compañías no elegidas que imponen los parentescos. Pero no. Un factor lo desestabiliza todo al punto, indudablemente, de una desconcertante incomodidad: Margarita, la mamá, está todo el tiempo encerrada en un cuarto. A través de una ventana se comunica con  sus hijos quienes, por esta misma especie de ventosa, le pasan alimentos y mantas para su abrigo.  Pese a este encierro cuyas causas nunca resultan del todo claras, Margarita, invisible, asegura su agobiante visibilidad con un presencia recia y dominante que arrasa lo que encuentra a su paso.

Durán plantea un juego difícil, casi imposible, de seguir. Abandona intencionalmente las claves tradicionales de narración y enganche y opta por una operación de vaciamiento que deja a la película al borde de la nada. Los personajes  discurren sin la más mínima intención de transmitir algo; son, cuando más, una esbozo de insinuación, un amago de provocación y así como Durán los despoja de todo peso, lo propio hace con una historia viscosa que ni perturba, ni emociona porque es, deliberada y pretenciosamente, una anti historia.

Que me perdonen los sofisticados clubes de cinéfilos y las corrientes vanguardistas que llevan por distintivo una laminita con la foto de Jean-Luc Godard ; que me excluyan de sus  filas pero  Adiós entusiasmo es, para quien escribe con no poca dificultad estas líneas,  una de esas películas inabordables que quieren sobresalir por inteligentes, complejas y  transgresoras . Proponer cosas nuevas, desmarcarse y abrir trocha siempre serán actitudes  loables en el quehacer creativo siempre que se  asegure, cualquiera que sea el lenguaje, un respeto por la estética, por el sentido, por la coherencia y el ritmo e, imperdonable, por el espectador.

Uno puede hallarle cosas buenas a Adiós entusiasmo.  Tiene un formato que transmite bien la sensación de encierro, su fotografía es cuidada y su reparto (incluido el propio Durán) encara correctamente un reto actoral tan raro como bizarro, pero esos logros aislados están muy lejos de darle consistencia y cuerpo a la película. Habrá quien lo logre seguramente, pero hacer contacto con Adiós entusiasmo es un trabajo al que muy pronto se renuncia y no por la densidad de su tema, o por su complejidad o por su lenguaje amorfo, sino porque no hay hilos de transmisión con el espectador y sin ellos el ejercicio cinematográfico se queda en una simple calistenia.

 

Fui a ver Adiós entusiasmo el pasado domingo en la noche. Eramos en la desolada sala cuatro parejas.  Tres de ellas se salieron. Mi esposa me propuso lo mismo y le dije que no, simple y llanamente por mi compromiso de escribir sobre la película.  En una entrevista reciente le preguntaron a Durán si le preocupaba que los espectadores se salieran de su película. No fue entonces la que yo presencié la única diáspora de espectadores .  Contestó que no, que lo suyo no era asegurar permanencias en las butacas y que consideraba válida la decisión de quienes se salían de su película. Curioso.  Yo creo que  el propósito central de todo director, de todo guionista, no puede ser otro que el de atornillar al espectador a su silla a punto de nervio, de risa, de llanto, de miedo, de angustia, de emoción,  de lo que sea, pero en todo caso que nunca se le ocurra dejar la sala durante la proyección de modo que al salir alguna huella quede así sea aquella, valiosa siempre, de haberla pasado bien. En la película de Durán el espectador no se despide del entusiasmo porque nunca llega a sentirlo.

Lo de atornillar al espectador a la silla no es una burda  captura; es, más bien, una cuidada conquista

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