Adiós al lenguaje
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TÍTULO ORIGINAL: Adieu au langage

OTROS TÍTULOS: Goodbye to Language

AÑO: 2014

DURACIÓN: 70 min

GÉNERO:  Experimental

PAÍS: Francia

DIRECTOR: Jean-Luc Godard

ESTRELLAS: Héloise Godet, Zoe Bruneau, Kamel Abdelli, Richard Chevalier, Jessica Erickson, Alexandre Païta, Dimitri Basil

 

Adieu au Langage es la más reciente película del director franco-suizo Jean-Luc Godard (À bout de souffle o Sin aliento de 1960, Le Mépris o El desprecio de 1963, Alphaville y Pierrot le Fou de 1965, Weekend de 1967, entre otros). Siempre controversial, vanguardista, experimental y revoltoso, aún a sus ochenta y cuatro años sigue dividiendo a quienes ven sus películas en extremos radicales: quienes lo veneran, y quienes lo odian.

De la misma manera que sus películas no son fáciles, no es una tarea simple hablar de ellas. Haciendo una analogía, si la inmensa mayoría de películas son cuadros de paisajes que pueden ir desde la Venecia de Antonio Canal, pasando por Poussin o Turner e incluyendo a Monet, Van Gogh o Cézanne, Adiós al lenguaje podría ser un ensamble de Robert Rauschenberg.

Antonio Canal, Nicolas Poussin, J.M.W. Turner, Claude Monet, Vincent van Gogh, Paul Cézanne

Canyon y Dam, de Robert Rauschenberg

 

Y es que la película es una especie de collage auditivo y visual. Extractos literarios, trozos de piezas musicales, silencios abruptos y elevaciones intempestivas del volumen. Imágenes con colores distorsionados, sobresaturadas, superpuestas en 3D, encuadres fuera de lo convencional, personajes cuyo rostro solo aparece esporádicamente, segmentos que por momentos parecen vídeos casuales de los que cualquiera toma y sube a Youtube o Vine.

adios al lenguaje interna

La trama (si es que la hay, dirían algunos) dista mucho de ser lineal, o siquiera explícita, apenas se sugiere. Los admiradores de Godard y de este tipo de expresiones artísticas harán innumerables interpretaciones de la intención y de los significados. Los detractores dirán que este ejercicio es confuso, pretencioso y en últimas, aburrido. Parece querer provocar, transgredir (en ocasiones retando los límites del buen gusto) e incomodar, pero se presiente que no es este el fin definitivo, sino que todo tiene un sentido que trasciende lo aparente. Lo que es innegable es que plantea un reto cinematográfico completamente diferente. La comparación con la pintura no es solo coincidencial, muchas de las imágenes, vistas una a una, son bellas y llenas de fuerza. La dificultad parece estar en asimilar la forma como las transpone Godard, la manera en que las une una a otra dándoles movimiento, agregando sonidos, todo fuera de un sentido convencional. Godard hace del cine el pegamento de ese collage, mientras los espectadores trataremos testarudamente (al menos por un rato) de entenderla como entendemos las demás películas.

Buscar descifrar este ensamble tratando de identificar la línea de la trama o de interpretar las secuencias de imágenes, es como tratar de entender Cañón (Canyon) o Embalse (Dam) de Rauschenberg leyendo los recortes con letras dentro de sus obras. Es embarcarse en una lucha en contra de las olas, en lugar de tratar de navegarlas. Si se emprende esta batalla en Adiós al lenguaje, parece identificarse en ella un paralelo entre “la antigua” fuente de conocimiento, los libros, y la nueva, Internet. Parece tratarse un tema político. Parece tratarse el adulterio. Alterna recurrentemente naturaleza y urbe. Una figura que ocupa una buena parte de las imágenes es un perro (el perro de Godard en la vida real). La película está dividida en dos capítulos, “Naturaleza” y “Metáfora”. Parece contrastarse instinto e intelecto. El sonido al final de un bebé que aún no pronuncia palabra y de un adulto jugando con él, balbuceando tan solo sonidos, parece darle sentido al título de la película.

Estas y muchas otras serán las interpretaciones que se discutirán. Godard probablemente solo las escuchará en silencio, sonriente. Tal vez se trate precisamente de lo contrario, de abandonar el querer entenderlo todo, de soltar y contemplar, de experimentar, olvidando la obsesión por la búsqueda de significados para todo, y lograr una especie de meditación o trance cinematográfico por setenta minutos, y una vez concluido, interpretar lo que quede. El cine tendría entonces un uso diferente al tradicional, y tal vez más preciso que “ir a ver esta película” sería decir “hacer este ejercicio cinematográfico”. Interesante para muchos de nosotros, como ejercicio. Si resulta placentero o no, es otro asunto y dependerá de la apertura mental y el gusto de cada cual.

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