1991
Andrés Quintero7
LO MEJOR
  • Los gags con los que Trogi le da personalidad a la historia
  • Las escenas en blanco y negro. Simplemente geniales
  • El humor
LO MALO
  • Uno que otro desbalance entre drama y comedia
7Buena

TÍTULO ORIGINAL: 1991

AÑO: 2018

DURACIÓN: 2h 21min

GÉNERO: Comedia, Drama

PAÍS: Canadá

DIRECTOR:  Ricardo Trogi

ESTRELLAS: Jean-Carl Boucher, Sandrine Bisson, Mamoudou Camara, Giuseppe Cantore, Luigi Ciardo

Con 1991 el director canadiense Ricardo Trogi cierra su trilogía autobiográfica. Primero fue 1981 (2009) y luego vino 1987 (2014). Para entender bien lo “autobiográfico” en este caso hay que tener en cuenta que Trogi, nacido en 1970, no ha cumplido aún los cincuenta años y su trilogía no pretende ser el recuento de su vida sino la reconstrucción de unos años que lo marcaron, no solo él sino a toda una larga generación que en su momento sirvió de switch y que hoy se mira al espejo haciéndose un guiño burlón que entremezcla, propio de su condición transicional, satisfacción y frustración.

En 1991 Trogi tenía escasos veintiún años. Con los lastres del que apenas está abandonando la adolescencia y con las zozobras del que apenas se asoma a la adultez, Trogi decide irse a probar fortuna a Italia. Razones – y varias – hubo detrás de esta escogencia. La primera que salta a la vista por su nombre y apellido, es que italiana, tana, era su sangre. La segunda es que Maria Eve, a la que entonces consideraba el amor de su vida, acababa de irse para Italia convidándolo, creía él, a un idílico y mediterráneo encuentro. Una tercera pero no por ello menos importante razón, era que a los veintiún años ciudades como Roma, Milán, Perugia, Venecia ocupaban un lugar mítico en el imaginario colectivo del romanticismo, la independencia, el arte y la bohemia. Para un cineasta en ciernes, eso era entonces Trogi, que mejor que esa Italia llena de evocaciones, donnas, chiantis y pizzas. Mejor además porque sin el glamour francés o la sofisticación inglesa Italia era, entre tanto rótulo engañoso y superficial, un país más acogedor y, para su entonces precario bolsillo, más barato.

Recrear es, por mucho esfuerzo que se haga para evitarlo, inventar y fantasear. Eso es lo que, con enorme solvencia y eficacia, hace Trogi en su 1991. Con el gran apoyo del joven y talentoso Jean-Carl Boucher representándolo, el director canadiense recrea los acontecimientos y personajes de ese viaje iniciático. La travesía está llena de referentes generacionales que emocionan a quienes – años más, años menos – vivimos circunstancias parecidas o nos dejamos arrastrar por sueños o ideales similares a los que entonces tenía Trogi. Aparece en todo su esplendor la “llamada de larga distancia”, esa que a través de la línea fija nos hacían nuestros padres o nosotros les hacíamos y en la que, infaltablemente, la mamá subía el tono casi a nivel de grito para que, desde tan lejos, se la pudiera oír mejor; aparece también ese tufillo hippesco y trasnochado que nos alentaba a querer cambiar el mundo con una guitarra a lo Dylan y aparece, sobre todo aparece, la idea, anacrónica quizás, de que los amores de la vida existen y hay que buscarlos así no se los encuentre porque su mejor expresión es buscarlos sin necesariamente hallarlos.

1991 no es, como a simple vista pudiera parecer, una comedia fácil de ver o, si se lo prefiere, una entretención palomitera de ligera y pronta digestión. Claro que es divertida y claro que se ve con enorme placer pero el propósito de Trogi – y su efectivo logro en este caso – va más allá. No se agota en las peripecias del joven viajero ni es tampoco una remembranza nostálgica del director. Es la reconstrucción de un episodio de vida personal del que sirve el director para mostrar, con borbotones de inteligencia y  humor, una concepción de vida de una generación que habiendo crecido por fuera de la convulsión sesentera, no alcanzó a matricularse en el espiral tecnológico que arrancó a finales de los ochentas. Una generación de transición que, pese a resistírsele a la idea, seguía y sigue aún creyéndose aquello del amor de la vida.

El festival de cine de Canadá que hoy termina nos deja gratísimas y valiosas muestras como esta 1991. No quiero terminar esta reseña con la ingenua nota de “ojalá podamos ver pronto en nuestra cartelera el trabajo de este cineasta canadiense”. Eso, lamentablemente, no va a pasar. La producción cinematográfica a nivel mundial es de tal vastedad y de tal calidad que tenemos que conformarnos con lo que, movidos por la comprensible tiranía de la taquilla, nos ofrezcan los distribuidores locales. Lo que sí queda claro y resulta grato es que el público colombiano cada vez responde mejor a los llamados de festivales como el que hoy termina. Falta camino por recorrer pero, y ahora sí uso la bella palabra, ojalá que como el canadiense pronto tengamos, entre otros muchos, festivales argentinos, brasileros, israelíes, suecos, portugueses, rusos y vietnamitas. Que así sea.

 

 

 

Sobre El Autor

Andrés Quintero M.
Dirección Distinta Mirada

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